Hay ocasiones en que describir un sonido es fácil y lo verdaderamente difícil está en explicar las sensaciones. En cuanto al sonido: soul clásico, algo de funk y un poco de blues. Otis Redding, Wilson Picket, James Brown, Isaac Hayes, los Bar-Keys y cualquier artista que se os ocurra de la Stax-Volt. Las sensaciones, eso es otra cosa. Para entender la fiesta que Black Joe Lewis y sus Honeybears montaron en la sala de la capital, había que estar allí.
Como si estuvieran en el salón de su casa, los seis miembros de la banda, formada por cinco clones blancos y un único negro que formaba parte de la sección de vientos, tomaron el escenario. En el centro, Black Joe Lewis, con su guitarra a cuestas, el único no uniformado con camisa blanca y corbata negra, sencillo y alejado de su imagen de negro macarra estilo Shaft, guiando la velada. Una velada entre colegas, de buen rollo, de música. Primeros compases a fondo y público dubitativo. Entonces llegó 'Big Booty Woman' con sus coros-repetición y el público se declaró vencido. Acompañando a toda la banda que gritaba en el micro que tuviese más cerca, la cosa se desmadró. Comenzaron los bailes, el sudor, los coros y los brazos en alto. Encima del escenario ellos aún se lo pasaban mejor. Bailando, charlando, riéndose. El acento de negro texano del cantante se hacía difícil de salvar y Joe tuvo que recurrir a su guitarrista como chapucero traductor: “Somos José Negro y los Osos Dulces”. Ya daba igual, la cosa estaba encarrilada. La banda se tomó un respiro mientras interpretaban unos medios tiempos típicos del género y el cantante lucía su voz, a lo Otis, a lo Wilson, por supuesto.
La recta final nos hizo parecer que llevaban medio concierto a medio gas. Para aquel entonces la botella de Jack Daniels ya llevaba un tiempo recorriendo el escenario y las primeras filas, la banda ya bromeaba con el público, cada riff era saludado con aplausos y cada entrada de los vientos celebrado con silbidos. Todo muy simple, sin puestas en escena complicadas, sólo música. Capitol ya era una olla a presión. Se retiraron, volvieron a salir, se volvieron a retirar y, pese a que alguien en la sala dio por terminado el concierto y sonó música grabada, los músicos volvieron a aparecer. Aclararon que normalmente tocaban una más, pero que hoy iban a hacer dos. Tell’em What Your Name Is se les queda pequeño y recurren a una versión acelerada de ‘Evil’ del bluesman Willie Dixon. Terminan con un homenaje a su admirado James Brown, mientras Black Joe Lewis, ya despojado de su guitarra se arrodilla y el guitarrista de la banda, a falta de capa, le arropa con una toalla de la marca de cerveza patrocinadora del evento.
Hay dudas de si aquello sigue más, pero ha sido todo, que no es poco. Con el mismo espiritu que han tenido toda la noche, la banda al completo sale del camerino aún con sus ropas sudadas a charlar con la gente. Ahora, después de todas las cervezas que se han bebido en el escenario y media botella de Bourbon, empieza la segunda parte: la noche y las chicas, de las que Black Joe también se declara admirador. Si se lee, sigue sin comprenderse; si se asiste, se entiende todo. Lo dicho, difícil de explicar.
Fotos: Fernando S.T.A.R.
Festa! Festa! Festa! É o que foi este concerto!!! E enriba alguén do público foi premiado cun cubata da botella de Jack Daniels por obra e gracia de 'José Negro & Los Osos Dulces'