
‘Gato que todo lo sabes’. Con estas palabras volvía Miguel Rivera a convulsionar los oídos de su fiel público catalán. Palabras con olor a nuevo –ésas y la mayoría de las que estaban por llegar– porque los dos conciertos que han dado en el Heliogàbal forman parte de una mini-gira acústica previa a la grabación de su nuevo disco.
Y por cierto, de este nuevo trabajo, no se sabe ni quién lo va a editar –ya anunciaron su separación de Limbo Starr–, ni tampoco el color de la portada, así que ¡se abren las apuestas!
Pero volvamos al concierto. Maga aterrizaron en Barcelona como monstruito de dos cabezas: la cubierta de rizos de Miguel Rivera (guitarra y voz), y la del pelo tieso de Javier Vega (bajo y coros). Las percusiones, en esta ocasión, se redujeron a tres o cuatro fast loops púa-contra-guitarra preparados con mucho arte por Miguel. Pero aunque el asunto dio pie a bastantes risitas, lo cierto es que, fuse lo que fuese eso que faltaba, se echó poco de menos.
Miguel anunciaron de buen principio que habían venido a tocar canciones nuevas, de las que están preparando para su cuarto disco –que esperan sacar en octubre– y sin demasiado preámbulo, con la única interrupción de ‘Des-pi-de’ y ‘Astrolabios’, más ‘Una piel de astracán’ y ‘Celesta’ –en los bises– como temas conocidos, se pusieron manos a la obra.

Una del las primeras fue ‘Domingo de ramos’ –diría que inédita referencia a su tierra–. Luego cayeron una dedicada a ‘las personas que ya no están’, otra para el ‘viejo mar’ y una que podría llamarse ‘El rey del mundo’. Pero no siempre cantaba los títulos, así que el concierto no sirve como boceto de su próximo tracklist.
Lo que sí dejaron claro es que las nuevas canciones de Maga parecen haber surgido de la tranquilidad y la sensación de anchura; que carecen, por igual, de oscuridad y euforia; que las letras siguen siendo preciosos poemas difíciles de descifrar; y que los temas van a ser muy ellos y muy buenos porque, entre otras cosas, la prodigiosa voz de Miguel Rivera, que parece un delicado artilugio de tecnología punta made in Spain, no sólo resiste intacta el paso de los años, sino que parece haber reforzado sus ya de por sí atractivas prestaciones.

A la salida del concierto, una delas asistentes murmulló que acababa de asistir al mejor concierto de Maga que había visto nunca. ¿Por qué? Por varios motivos, posiblemente. Pero a bote pronto se me ocurren tres: 1. que el Heliogàbal no es mucho más grande que el comedor de la casa de tus padres; 2. que siempre es agradable constatar que tus más bellos recuerdos musicales siguen vivos; y 3. el cachondeíto importado de Sevilla…
¿Cachondeíto? Sí sí, cachondeíto. Porque que Javier se levantara para pasar las páginas del cuaderno de Miguel, es cachondeíto. Que se partieran de risa los dos con sólo mirarse (y eso que Miguel sólo bebía agua), es cachondeíto. Y que además el público se riera a la primera de cambio, escapando sin problemas del trascendental universo dibujado en las canciones, significa que la sala rebosaba cachondeíto…

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