Del 9 al 13 de diciembre de 2009 | Barcelona
19 de Diciembre de 2009
Texto: Carlos G. Cano
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Primavera Club 2009


Cuando Jake Duzsik salió al escenario y dijo en perfecto español: ‘hola, somos HEALTH y venimos de Los Angeles’, a mí me dio la impresión de que era un chico madrileño gastándonos una broma. Pero no y, de hecho, comprobé cómo la incertidumbre que sentí mientras los técnicos acababan de ajustar todo, especulando incluso sobre si se trataría de un grupo folk, pop, noise o electrónico (¡todo es posible, en el Primavera!), se transformó, apenas 30 minutos después, en la sensación de haber descubierto un gran grupo.


HEALTH empezaron sonando a una mezcla de heavy y noise rock, con el greñudo John Famiglietti en trance y tocando los timbales. Pero poco a poco fueron ganando protagonismo los tintes electrónicos y, con el público francamente motivado, por momentos hasta recordaron a unos Primal Scream en plena forma. En cualquier caso, con su base rítmica salvaje, casi de pesadilla, dejaron claro que su fuerte es el directo. Y buena parte de la culpa, claro, la tiene el batería, Jupiter Keyes, quien si no fuera por la camiseta de Obama que llevaba, pasaría perfectamente como el malo de una peli de moteros chungos.

El viernes, disfrutando del prime time del festival y con la Sala Apolo a rebosar, un Devendra Banhart de lo más vacilón (y otra vez con perfecto español, pero ésta vez con acento venezolano) demostró que, aún sin tener un solo hit ni una gran voz, se puede agradar a un público indie y casi gourmet. A ratos con la guitarra y a ratos sin ella, dejando cantar a dos miembros de su banda y con el repertorio anclado en una especie de rock setentero mezclado con antifolk, Devendra jugueteó con su voz hasta la saciedad y bailoteó por todo el escenario para entretener como nadie al personal, dejando claro que, aunque lo que hace se inventó hace mucho tiempo, muy pocos, actualmente, lo llevan a cabo con tanto encanto como él.


Visto Devendra tal vez hubiera sido buena idea quedarse con el prometedor Jeffrey Lewis, el dibujante de cómics metido a cantante antifolk, pero el pop emocional y las palmeras falsas de Beach House tampoco estuvieron nada mal. La intensidad fue in crecendo y tanto es así que, en la quinta o sexta canción, se vio a Victoria Legrand seguir el ritmo dela batería con su mano puesta sobre el corazón. El público, a pesar de ver poco, por lo llena que estaba la sala y lo bajito que es el escenario de la [2], aprovechaba cualquier silencio para gritar ‘¡uuhh!’, y los de Baltimore correspondieron con un ‘ésta es nuestra segunda vez en Barcelona y seguro que no será la última’, para luego acabar su actuación dedicándonos a todos los presentes ‘una canción de amor’.


Pero el buen sabor de boca se fue al traste gracias a School Of Seven Bells, a quienes se le concedió el honor de valer de embudo, pues tocaron sin competencia, a esas horas. Por eso, tras bastante rato de pesadas distorsiones y capas de sonido que no llevaban a ninguna parte, aderezadas además con proyecciones de lo más simplón, valió más la pena echarse unos bailes con los siempre inesperados temas de Dj Coco y la pasión desenfrenada que Evripdies and his Tragedies siente por todo lo que suena a años 50.


Una de las constantes del festival fueron las colas frente a los accesos de las salas pequeñas y, en el caso del show de Woods en el Jamboree, el valor de la constante fue nada más y nada menos que de 30 minutos. Esas esperas, sin embargo, podían aprovecharse para ir comentando los conciertos o conocer a gente que, como Drick, un belga que había venido a Barcelona sólo para esto y que estaba (esperando pero) contento porque ya había visto ¡dos veces! a su banda favorita: The Pastels. Drick me confesó su envidia por el buen nivel de los festivales españoles… y tenía razón el chico, la verdad.

Woods llenaron el Jamboree con su voz aguda, su amor por los cassettes y su pop lo-fi del interior de los EEUU, que suena igual que todos pero un poco diferente. Al otro lado de la plaza, sin embargo, el Sidecar se llenó sólo a medias para comprobar como los californianos Port O’Brien, autores de uno de los discos pop más exquisitos del año, alargaban su algo menos que notable concierto con dilatadas pausas entre tema y tema, y las aprovechaban además para lanzar promesas de dudoso cumplimiento, del tipo ‘nos encanta Barcelona’, ‘esta noche pensamos emborracharnos’ (hasta ahí, vale) o ‘mañana nos bañaremos en la playa’. Su repertorio en directo sonó a amalgama de géneros, a ratos Beach Boys, a ratos country…pero sin llegar a rozar siquiera la delicadeza de la que hacen gala en el estudio.


Ante la imposibilidad de degustar otro de los manjares del festival, el brillante power pop servido por el irlandés So Cow, la grande del Apolo volvió a convertirse en embudo. Pero esta vez, por lo menos, sí acertaron con el punk rock de Ted Leo & The Pharmacists, quienes, además de irradiar autenticidad, savoir-faire y maneras de clásico, tuvo el detalle de soltar varias frases en catalán y dedicarle un tema a la Costa Brava (imaginamos que a las playas, aunque también podría ser el grupo… ¡no lo aclaró!).

A diferencia de lo que, en cualquier caso, con tantos amigos y tanto dominio del catalán, había dado a entender Ted, los texanos Neon Indian se mostraron ‘encantados’ de visitar por primera vez España, y lo hicieron con el (otra vez) perfecto español de su inquieto líder Alan Palomo, nacido en México pero afincado en ‘los Estados’. Y es que Palomo ha traído al Primavera su tercer proyecto ¡en solo dos años! Un grupo que parece tener tanto de viaje sideral como de afición por el pop bailable ochentero, a lo Julian Casablancas, para acabar gustando tanto a los fans de Ratatat, como a los de Kasabian o, sobre todo, MGMT porque, con 21 años y ya un hit como Should Have Taken Acid With You, a la altura del Time To Pretend, está claro que aspira a heredar el trono psicodélico que tarde o temprano dejarán The Flaming Lips.

Cass McCombs fue el último artista del festival que logró llenar (o casi) la Sala Apolo y, pese a eso, no se cortó ni un pelo a la hora de explicar chistes tan malos como: ‘¿Por qué los guitarristas cierran los ojos cuando tocan un solo? ¡Porque el público es feo!’. Por suerte Cass es músico, no humorista, y nos obsequió con su personal melancolía que, sólo por momentos, recordó a Josh Rouse o Sufjan Stevens. El resto del concierto, en constante idilio con el técnico de luces para que dejase todo bien oscurito, a su gusto, no recordó a nadie en concreto… pero gustó notablemente, lo cual no es poco.

Y para cerrar a lo grande, con la desgracia, eso sí, de tener a medio público pendiente del reloj para no perder el último metro, Standstill se confesaron emocionados por dedicar medio concierto a tocar, ‘por última vez con esta formación’, algunos de los brillantes temas de Vivalaguerra, muy coreados por el público, y el otro medio, con la ayuda de un cuarteto de cuerda y una sección de vientos, a presentar varias canciones nuevas que actualmente están en proceso de grabación y que formarán parte de su próximo disco: Yo sólo necesito cariño, respeto y atención. ¡Qué grande, la Primavera en diciembre!

Fotos: Carlos G. Cano y Dani Canto


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