
Partamos de la base de que Bill Callahan es el artista (músico o poeta, vivo o muerto) que más poder tiene sobre mí y que cuando interpretó “Say Valley Maker” del A River Ain't Too Much To Love (que es, además, mi disco favorito de la historia) a mí se me arrugó el intelecto y tuve una sensación muy bonita de las que no se tienen muchas en la vida.
Ahora que estoy mucho más tranquilo, estaría bien comentar algunas peculiaridades sobre Bill y sobre el concierto que dio ayer en Vigo, a ver qué opináis vosotros.
Yo creo que Bill Callahan es una especie de ente de energía pura alienígena. Una inteligencia superior que está obligada a sabotearse a sí misma para no deshacer a su audiencia en torbellinos de luz atómica de lo bueno que es. Sólo de esa forma se explicarían esos bailes como de Chiquito de la Calzada que ejecuta cuando la intensidad de la canción parece que puede llegar a picos sobrehumanos. Evita las cumbres, los acentos. Huye del efectismo. Alguien podría pensar que simplemente con sobriedad se conseguiría el efecto deseado: Público superviviente, arte mayor. Imposible. Sólo con sobriedad Bill Callahan nos habría pulverizado.

Tocó muchas del reciente Sometimes I wish we were an eagle, versiones más fieles de las más lentas (“Jim Cain”, “The Wind and the Dove” - preciosa- ...) y un poco más alterada la de “Eid ma clack shaw”, que agitó en la misma coctelera de rock fibroso y esquelético que “I feel like the mother of the world” o “Bathysphere”. Aparte de esta última, clásico impagable, polimorfo e intenso, tocó “Strayed” del Dongs of Sevotion y “Sycamore” del Woke on a Whaleheart. El resto del set se limitó a presentar el nuevo y, en el tramo final, a recuperar maravillas del que intuyo él también considera su mejor disco, el mencionado y amado A river ain't too much to love.

Después de algunas de estas joyas se embarcaba en improvisaciones turbo-rockeras en mi opinión poco afortunadas, de las que también gusta Lou Reed y nadie se explica el porqué. “Rococo Zephir” le quedó preciosa, delicada y esbelta como un bonsai. A nivel técnico es de lo más chusco que se puede ver en el auditorio de una caja de ahorros. Pero ningún otro concierto acaba con “Let me see the colts” y sus miniestampidas de belleza áspera, tranquila y pura. Y se negó a hablarle a un público entregado hasta límites sonrojantes, sólo nos faltó tirarle billetes, hijos o donaciones de órganos.
Traía un batería habilidoso y divertido de ver, una guitarra eléctrica Gibson Les Paul y un amplificador Fender, con algunos pedales de efectos también, que yo no llegué a ver. Camisa blanca, pantalones negros, calcetines rojos, zapatos negros.
Así, entre poses ridículas, versos de profundidad incalculable, ríos, pifias a la guitarra, hieratismo, rock minimalista, caballos, folk universal y amor incondicional pasó Bill Callahan por Vigo.

Es decir, que a pesar de venir sin banda, muy bien, ¿no?
Y por tu crítica, parecía que en los bises el universo iba a implosionar... ;)
"un público entregado hasta límites sonrojantes"
No veas como le gusta a la gente gritar en los conciertos...xD
Meu Deus Sorpresa II! Pensei que ías botar o gapo co señor Callahan...
O concerto estivo bastante ben. Bill parece o irmán xemelgo de Micah P. Hinson pero ben vestido e sen instrumentos country.
O baterista superou ao líder da banda nesta ocasión. É difícil ter tanta clase.
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