
Cuando al acabar un concierto, mientras la banda abandona por delante el escenario abrazándose y besando a todos los miembros del público que les pillan a mano, te das cuenta de que te duelen los carrillos porque llevas sonriendo más de una hora, eso es que ha habido algo especial. No importa que Simone Felice nade en su propia autosuficiencia, que su guitarra estuviese demasiado baja, que el negro percusionista se haya excedido por momentos con sus coros gospel, que la guapísima violinista se dedicase a lucir palmito o que The King (firma como tal) estuviera haciendo el tonto todo lo que pudo. Da igual, la actuación de Ferrol de The Duke and The King pasará a nuestro libro de “conciertos entrañables” junto al que dieron Mark Olson y Victoria Williams en Vigo o la primera vez que Marah visitaron La Iguana.
A los de Nueva York solo les faltó la hoguera delante. De hecho, su propuesta pasa por llevar el ambiente de hoguera en la playa encima de un escenario. Sólo parecían tener programado que empezarían con las dos primeras de su disco: ‘If You Ever Get Famous’ y ‘The Morning That I Get To Hell’, donde ya quedó clara la tónica del concierto: Palmas, coros y demás parafernalia de campamento. A partir de aquí, ellos mismos no pararon de conversar, de bromear y de improvisar un setlist que, aunque corto, semejó ajustado para un show de estas características. La luz que guía la nave es Simone, en el centro, con esos aires de Jeff Tweedy apuesto. Al lado, siguiendo las órdenes de su capitán, Robert “Chicken” Burke, The King, con su pinta de homeless desquiciado. Cubriéndoles en los extremos, la parte negra, con la violinista/teclista y un percusionista que a la mínima abandonaba su puesto. Todos cambian sus instrumentos, todos cantan, a veces incluso sin micro delante. Parece increíble que de un disco engendrado en medio del dolor de la pérdida de un futuro hijo pueda desprenderse tan buen rollo. En este sentido, la sala de Ferrol se descubrió como ideal para un acto intimista. Todo el público de diversas edades colaboró en mayor o menor medida y todos nos sentimos como si los americanos vinieran al salón de nuestra casa.

Dos versiones al final supusieron sorpresas agradables: ‘Helpless’ de CSN&Y y ‘Brain Damage’ de Pink Floyd. Simone Felice no se olvidó de sus hermanos con una divertida revisión de ‘Radio Song’, de su disco homónimo. Y tampoco faltaron algunas de las mejores canciones del único (e irregular) disco de la banda. Temas como ‘Summer Morning Rain’, ‘Union Street’ o esa ‘One More American Song’ que cerró un concierto corto pero intenso y emocionante. Ellos mismos confirmaban al acabar, mientras se hacían fotos y firmaban autógrafos, que se habían sentido muy bien toda la noche en aquella minúscula sala. Puede que no sean para tanto pero su propuesta resultó algo diferente a lo que estamos acostumbrados y eso siempre se agradece.

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