Bob Dylan
3 de Agosto de 2008



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Bob Dylan
Texto: Dr. Chou
IFEVI, Vigo (Pontevedra)
26 de junio de 2008







Para muchos de nosotros era la primera vez. Tanto para la gente de mi quinta que no había podido acudir a aquellos Concertos do Milenio en Compostela, como, con mucho más motivo, para aquellos nacidos en la década de los 90. Los años pasan y hacen que uno se mire cada día más al espejo cuando va a mear en un concierto, en busca de la primera cana o de una barriga cada día más pronunciada. Por suerte para mi ego, había mucha más gente entre el público digna de ser mi padre que de ser un hermano pequeño.

Había la sensación, probablemente mucho más extendida de lo que yo imaginaba, de miedo a lo que podía ocurrir. Estaban los fans incondicionales, los que le seguían desde hace treinta años. A esos se los iba a ganar hiciese lo que hiciese. Después estábamos los que no crecimos con él, los que lo encontramos por el camino, sin buscarlo, como una especie de escucha obligatoria del clásico que finalmente consigue atraparte. Entre esta segunda especie cundía la sensación de que podía ser uno de los mejores conciertos de nuestras vidas o, simplemente, un coñazo.

A uno siempre le da cierto apuro hablar del genio. Mucho más cuando eres tú mismo el que lo considera un constante adelantado a lo que luego fue viniendo. Probablemente todavía lo sea y por eso muchos no entendimos lo visto y, al mismo tiempo, no esperábamos otra cosa.

Después de un atasco de media hora, llegamos a un recinto infame como es el IFEVI (me pregunto si no sería inmensamente más acertado llevar a Dylan a un lugar como Castrelos, y no a una especie de Lonja gigante de acústica indescriptible y estética vomitiva; me pregunto igualmente si un artista acostumbrado a tocar en sitios como el Royal Albert Hall será capaz de contener las arcadas al comprobar que le han dispuesto tal auditorio para su recital –no digo que sirva como excusa, pero quizás la explicación deba empezar por ahí-.

Llegó, puntual, apenas cinco minutos más tarde del momento en el que se nos había citado, envuelto en un traje americano y un sombrero con pluma. Después de unos momentos en los que los acordes no nos permitían adivinar el tema con el que iba a comenzar el concierto, sonaba el primer (y casi último) clásico de la noche: It’s allright ma, I`m only bleeding, al que siguió inmediatamente Lay, lady, lay en una especie de aperitivo apetecible de lo que luego no llegó. Dos temas cumbres de una discografía que pusieron prácticamente punto y final a su cortes míticos.

A partir de ahí, discurrió algo más de una hora en la que las canciones se alargaban hasta los siete y ocho minutos de media, con constantes escarceos con el blues y el rock más clásico. Era difícil mirar hacia los lados y no ver caras de sueño, bostezos, consultas al reloj, etc. Salvo que tu edad fuese superior a los cincuenta, insisto. Probablemente el sentimiento de nostalgia de los años mozos consiga anestesiarte y difuminar un criterio crítico.

Insistiría en la parte media del repertorio, pero creo dejar suficientemente claro que (llámenle simple o superficial a un servidor) un guiño al público menos estudioso de tu discografía no hubiese estado de más. Entre los asistentes a tus conciertos siempre hay un porcentaje de gente a la ya has convencido antes de empezar, y otro al que convencerás o no según lo que hagas. Con esos, Bob flaqueó.

Quizás hubo un arreón final con los mejores temas del magnífico Modern Times (que acaparó gran parte del repertorio del concierto, y que quizás le honre, pues delata que es un artista que confía plenamente en sus trabajos más recientes y no únicamente en sus clásicos), enlazando Ain’t talkin’, Thunder on the mountain y Rollin’ and tumblin’. Probablemente quería demostrar que en tres temas era capaz de hacer lo mismo que otros en hora y media: hacer que ir a un concierto valga la pena.

Aunque cuando realmente lo consiguió fue en la única concesión clara a las masas, con tímido saludo y sonrisa incluída, mientras sonaba una versión del Like a rolling stone que pocos habíamos escuchado antes (fue una constante en el concierto lo de cambiar la estructura de las canciones), y que hizo que las aproximadamente seis mil personas que allí se encontraban lo cantasen a voz en grito. En grito redentor.

Borré su nombre de mi agenda de artistas pendientes, pero difícil será que me convenzan para volver a verlo, y menos dejándome 35 euros. Preferiré comprarme sus discos, sus películas, sus documentales, pero por lo demás, tendría que ocurrir lo que nunca le puedes pedir a un ser divino, que intente rebajarse a lo mundano y recurra a lo fácil. Contentar a la gente dándole simplemente lo que pide.

Demasiado fácil y vulgar sería para alguien tan grande.


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