
Texto: Dr. Chou
Fotos: Yayo Vázquez
Praza da Quintana, Santiago de Compostela
21 de Julio de 2008
Hay conciertos condenados a triunfar. El de Caetano Veloso en la Praza da Quintana fue uno. En primer lugar, porque parece difícil fracasar en tal marco. A poco que pongas de tu parte, la magia del entorno hace el resto. En segundo lugar, porque el de Bahía se dedicó a recordar aquellos hits de ayer, hoy y siempre.
La primera incógnita se despejó pronto. ¿Cuánta gente sería capaz de pagar los 28 euros de entrada con los que la Comisión de Fiestas se desmarcó para asistir? Lo cierto es que bastante, pero seguramente mucha menos que si el precio fuese más propio de unas fiestas patronales. Palito a los organizadores, y otro más al no anunciar que habría una parte del aforo para ver sentado, si bien, quien más y quien menos, se acercó hasta el escenario para sentarse sobre la piedra con la complacencia del personal de seguridad.
En Compostela se vio a un Caetano sólo, ante la inmensidad de un escenario que ocupaba gran parte de la plaza, con una guitarra acústica y su presencia, nada más. Evidentemente, que viniese sin banda levantaba ciertas dudas, pero en ningún momento se le vio naufragar en su soledad, ni se echó de menos alguna ayuda adicional.
Tras comenzar con algún tema poco conocido y alguna versión de artistas brasileños ajenos a mi conocimiento, sonaron las primeras campanadas desde la catedral, siempre por encima de todas las cosas. Tal hecho sirvió para aumentar la complicidad entre público y artista, y para arrancar de paso muchas sonrisas al ver que Caetano comenzaba a sonar como si se tratase de un disco rayado, haciendo tiempo hasta que el monumento diese permiso para seguir.
Y lo que vino después de esos compases iniciales fue una apuesta sobre seguro, probablemente poco arriesgada, y en la que algunos echamos en falta algún que otro tema más de su excepcional último disco, Çè, pero que al fin y al cabo deja a todo el mundo inmensamente feliz, y no neguemos que poca gente quería escuchar realmente otra cosa.
Abrió el fuego, el real, en medio de un viento que se fundía con su voz por momentos, con Cucurrucucú Paloma, ese tema que dista tanto escuchado en su voz que en la de cualquier otro. A partir de ahí llegaron prácticamente encadenadas, Fina estampa, Terra, O leaozinho, Beleza pura, Tropicalia o Capullito de alelí.
Así hasta llenar hora y media que, al contrario de los temores iniciales, a todos nos supo a poco, por mucho que pesase a algunos no poder haber visto su faceta más experimental, aunque fuese sólo durante un rato. Evidentemente, si el concierto siguiese cualquier otro patrón, el público decepcionado hubiese sido infinitamente superior.