
Probablemente no sería un taquillazo, pero El curioso caso de Ryuichi Sakamoto daría para una película como la que protagoniza Brad Pitt y en la que un bebé nace viejo y va haciéndose más joven conforme pasan los años. El japonés, que ya gasta cincuenta y siete primaveras, es un buen ejemplo del fenómeno rejuvenecedor de la música. O al menos de su capacidad para no envejecer. Así quedó patente en las cinco primeras composiciones que sonaron en el Teatro Infanta Leonor, un lugar que, al igual que lo más reciente de Sakamoto, destaca por su moderna incomodidad.
"Out of Noise" fue el protagonista de los primeros minutos de un concierto de casi dos horas. En su último disco se reflejan las recientes amistades musicales, como Fennesz o Alva Noto, provocando que esa parte del público menos actualizada en su discografía se sorprendiese con el gélido comienzo, "Glacier", el sonido de un glaciar derritiéndose, mientras las luces del teatro iban bajando su intensidad hasta dejarnos en una oscuridad casi completa. Apareció Sakamoto de entre las sombras para inclinarse sobre su especial piano doble y comenzar a hacer ruidillos mientras en el fondo del escenario se proyectaban formas como de pececillos. Improvisación que seguramente dejó a más de uno congelado. Pasaron unos cuantos minutos antes de que se sentase al piano, saludase al público e interpretase "Hibari", que retoma el sonido clásico del instrumento, pero agarrándose a un bucle mientras en el fondo se difuminaba el color verde, uno de sus frecuentes guiños "ecológicos". Desembocó en la alocada "Composition0919", en la que el piano deja de serlo para convertirse en un aparato de resonancia magnética.
Para fortuna de los seguidores menos experimentadores, el repertorio más clásico de Sakamoto se abrió paso sedoso con "Mizu No Naka No Bagatelle", "Put Your Hands Up" y "Tango". Fue cuando la conexión con el público resultó completa. El final de cada composición se celebraba con un sonoro aplauso que despertaba incluso a los somnolientos maridos que, más como acto de amor que de interés musical, habían acompañado a sus esposas. Comenzaban también los alumnos de piano a mover sus manos, entusiasmados, al ritmo de las del señor Sakamoto. Cierto es que las imágenes que se proyectaban de fondo eran demasiado surrealistas como para encontrarles algún sentido, pero sus colores sí que ayudaban a comprender el estado de ánimo del tema.
En su intención de no hacer dos conciertos iguales, Sakamoto selecciona sobre la marcha el repertorio. De ahí que, aunque muchos hubiesen adquirido una copia de "Playing the Piano", el disco oficial de la gira, había margen para la sorpresa. Emocionó con "Amore" y la elegancia de "A Flower is not a Flower". Ese tipo de belleza que bien vale los 30 euros que costaba la entrada. "Energy Flow", "The Sheltering Sky", "High Heels", "Bibo No Aozora"... Cuando decidió abandonar el escenario parecía que habían pasado no más de quince minutos desde que dejase atrás el "Out of Noise". Volvió a salir a los pocos segundos ante la atronadora petición del público, y aún lo haría un par de veces más porque quedaba mucha tela que cortar y había algunas canciones que no le íbamos a perdonar. "Thousand Knives", "Behind the Mask" o la maravillosa "Tibetan Dance". Pero, por supuesto, sus dos canciones de banda sonora más aclamadas, "El Último Emperador" y la escalofriante "Forbidden Colors" de "Merry Christmas, Mr. Lawrence". Menudo final, casi al borde de la lágrima con la que es una de mis coplas preferidas de todos los tiempos. La audiencia, completamente fascinada, despidió en pie a un Sakamoto contento y, según dicen, encantado del que había sido el mejor concierto de su gira europea.
Como que Behind the Mask? Yo juraría que esa no sonó ...
Sí que la tocó, de hecho en la proyección salía el título de la canción, igual es que no estamos hablando del mismo concierto de la gira.
Soy la mujer del hombre que dormía y quiero decir públicamente que no volveré a sacarlo de casa. Para eso nos ponemos un DVD con lo mejor de Negro sobre Blanco, cojones.