28 de Octubre de 2006.
Sala Capitol, Santiago de Compostela
Texto: Sergio M.
Fotos: Alvarinho.
"Nunca es tarde si la dicha es buena". Es un refrán que podría aplicar tantas veces debido a mis descubrimientos musicales tardíos que la sorpresa que me produjo un hombrecillo enfundado en una alegre camisa de color verde no fue tan inesperada. Sí lo fue esa chispa que brillaba en sus ojos y la casi eterna sonrisa esculpida en su cara.
Hasta ahora no había profundizado en las composiciones de Jonathan Richman más allá de las más famosas y no me había llamado demasiado la atención salvo por sus particulares canciones en español. Sin embargo, el entusiasmo que por él profesa cierto músico ourensano, plasmado en los homenajes al repertorio del norteamericano, convirtió en ineludible la cita con Richman, la primera para quien escribe, aunque con la inicial "Her Mystery Not of High Heels and Eye Shadow" no llegué a intuír lo que depararía la siguiente hora y media.

Richman se plantó en el escenario acompañado por Tommy Larkins, que se encargaría de la percusión, un personaje peculiar que, instalado junto a él, pareció en todo momento más preocupado por no caer en estado catatónico que en contagiarse del show. Todo el protagonismo pertenece a Jonathan y a su guitarra acústica, y lo maneja dirigiéndose al público en ese mismo español que podemos escuchar en su disco "¡Jonathan, te vas a emocionar!" con frases espolvoreadas de graciosas incorrecciones. Pronto llegaría uno de los mejores momentos de la noche con "Let Her Go" en forma de larga versión de un tema que sirvió para mostrarme que la música es sólo una de las aristas de su trabajo, dejando patente su vocación teatral con la representación de una discusión de pareja en sus distintas versiones: española, italiana, francesa y norteamericana, y cuyos aspavientos y variaciones provocaron las carcajadas de todos los asistentes. Lo cierto es que en ese momento ya me resultaba imposible no imaginar a Richman como un trovador underground siglo XXI. Pero no os podéis imaginar la cara que se nos quedó cuando Tommy Larkins aceleró repentinamente el ritmo y Jojo al micro preguntó: "¿os gusta reggaeton? ¡No más gasolina! ¡No más autopistas!". Delirante y genial. Todo parecía tan natural que te daba la sensación de que el concierto era todo el rato una continua improvisación.

Pero aún me quedaba más por descubrir pues Richman también es baile: ecléctico, caótico y anárquico. Danza con la despreocupación de aquel al que no importa el qué dirán, pues en otros personajes sus espasmos serían "freaks" mas en él resultan unos movimientos entrañables. "Si tiene hijos, ¿qué dirán de él al verlo?", inquirió mi acompañante, que lucía la misma sonrisa que el resto de la audiencia, incapaz de contener la cómplice risa. Es que resulta imposible no hacerlo al escuchar "I was dancing in a lesbian bar" o "Yo tengo una novia", coreadas al igual que "El joven se estremece" o "Vampiresa mujer"; también hubo sitio para otros temas como "Pablo Picasso", "Springtime in New York" y su versión de "Volando Voy".

Se hizo tan corto que cuando llegó el momento de los bises, nos pareció fatal la cara de póker o de aguafiestas que presentaba el pétreo Larkins, perfecto en su papel de tipo desganado retraído en su papel de secundario y que busca llamar un poco la atención usando como arma la indiferencia. Fue gracioso verlo regresar al escenario entre voces que coreaban su nombre, momento en el que ya no pudo reprimir la sonrisa que acompañó con un ademán que parecía significar "vale malditos, lo habéis logrado". Aún luego, con la espontaneidad del que disfruta haciendo disfrutar a los demás, Jonathan Richman se despediría con una gran sonrisa. Pocas veces un músico ha debido llegar con tal precisión a su objetivo, hacer feliz al público.