Los conciertos de pop volvieron al escenario del Teatro Salesianos en la conmemoración de los diez años del club Vademecum. Para la ocasión se acercaban por primera vez a Galicia Migala, aprovechando para presentar su quinto y hasta el momento último trabajo La increíble aventura (Acuarela, 2004), salto y excitante inmersión en el rock mas post; un golpe en la jeta de aquellos que los califican de pedantes, pretenciosos y aburridos, convirtiéndolos en una de las bandas más injustamente maltaratadas de la escena nacional.
La manera de despejar toda duda siempre es ofrecer un buen directo y sobre las tablas Migala cumplieron con creces, ofreciendo un set impecable, apabullante y con un sonido perfecto.
Pero vayamos por partes. Antes abrieron Tacoma, una banda compuesta por miembros y ex-miembros de otras como La Pequeña Suiza o Silika. Como curiosidad, previamente repartieron entre el ya de aquella bastante numeroso público octavillas con las letras de las canciones que iban a interpretar durante poco más de media hora de concierto agradable, bien tocado, pero que quizás pecó de demasiada gravedad en su planteamiento. Independientemente de esto, habrá que seguir los próximos movimientos de esta gente.
Con el patio de butacas casi a rebosar, siete hombres aparecieron en el oscuro escenario. Con el capitán Abel Hernández a la batuta y arropados por el mejor sonido que he escuchado últimamente en un concierto interpretaron casi al completo su último álbum (con excepción de “el gran miércoles”) e intercalaron también algunos temas de sus discos anteriores. Fue hora y media de contrastes, de subidas y bajadas, ruido y silencio, calma y tempestad. La última electrificación de Migala ha tenido en su mayor beneficiario a su directo y así han llegado a un nivel al que ningún grupo estatal puede llegar actualmente. Si a eso le añadimos el marco adecuado y las ganas de hacerlo bien, tenemos uno de los conciertos del año.
¿Momentos memorables? A patadas, prácticamente todos. El comienzo con “Tucson, game over” (curioso título para empezar) y “El caballo del malo”, los guitarrazos de “El retraso”, las palmas flamencoides de “Sonnewende”, la interrupción de la respiración de todo el público al son de “Your star, strangled” o el recitado de Kieran sobre “Aquel incendio”. El primer descanso se produjo durante “Lecciones de vuelo con Mathias Rust”, cuando se retiraron los músicos para seguir con el tema después del conveniente refrigerio, meadita o lo que fuera, preparándose para afrontar la post-sonicyouthiana “El tigre que hay en ti” a toda velocidad y poco antes del momento más especial para ellos y para nosotros: “A fistful” - la versión aparecida en Restos de un Incendio (Acuarela, 2002) - y una remodeladísima, casi irreconocible, “Moon River” – cover de Henry Mancini ya presente en el caótico Diciembre, 3 A.M (Acuarela, 1997) – con una ruidista, incluso violenta jam final, una tormenta que nos empapó a todos y que hará que nunca olvidemos ese concierto en el que el único pero (por poner alguno) serían los pequeños fallos en las proyecciones que acompañaban a la música, problema que Nacho intentaba solucionar como podía desde los mandos.
Diez años palmando pasta. Ese era el lema escogido para “promocionar” los conciertos que durante esas semanas organizó el Vademecum. Menos mal que hubo conciertos como éste que - supongo - ayudarían a equilibrar su balanza gastos-ingresos y a que sigan existiendo iniciativas como éstas tan cerca de nosotros.