
Texto: Sergio M.
"Mi mundo, tu mundo, los dos son igual. Si el resto de la tierra pasa y nos mira mal, los dos sabemos lo que pasa por nuestra mente, porque ahora sabemos que somos diferentes, ya". Esto no lo escribió Nacho Vegas para reflejar la perfecta sintonía con su nueva compañera de acordes. Salía de la cabeza de Guille Mostaza allá por 2001, y ahora, además de golpear mi cabeza como si se tratase de un martillo pilón, me servirá para hacer referencia a la pareja musical más guay de 2008.
¿Cabía la posibilidad de que Vegas & Rosenvinge quisieran compensar a sus seguidores tras su decepcionante actuación coruñesa? Cabía, pero no fue así. Frente a nosotros se instalaron cinco personas. Dos de ellas, las protagonistas, estaban tan absortas en sus mundos que a estas alturas uno no sabe si, volviendo a G. Mostaza, "los dos son igual" o son "diferentes", pero tengo claro que en nuestro mundo no parecían estar. A la izquierda se situó Vegas, que escondía su rostro en una guarida que se abría paso dentro de una maraña de pelo, y entre el cual adivinábamos unos ojos que apenas debieron abrirse tres veces. Rosenvinge, a la derecha, sonreía más relajada que media hora antes cuando asistía al enfrentamiento entre Vegas y el portero de la sala. Éste, cuando se disponían a atravesar las puertas, les recordó que "la ley es igual para todos" (quizá pretendían entrar con alguna bebida) y el músico se le encaró indignado. No llegó la sangre al río y, tras un instante de tensión, puso rumbo al camerino detrás de Rosenvinge. Mientras, el empleado (en cuya colección es probable que no encontremos ningún disco del asturiano) soltaba un jocoso "éste hoy no toca". Fue un momento al más puro estilo "Dónde Estás Corazón" que es necesario citar por tratarse de una de las dos únicas incursiones de Nacho Vegas en el mundo de los mortales.
Lo peor de esta desconexión (también sinónimo de supina indiferencia) es que a veces se transmite al público. Para su fortuna, sus canciones y su fama les precede y no fue el caso. Buena parte de sus seguidores venían ya convencidos de casa, e incansables lanzaban piropos al escenario como claveles se le arrojaban a la Pantoja en sus buenos tiempos. Dicen por ahí que cuando Nacho Vegas toca junto a alguien, ya sea con Christina Rosenvinge o con Lucas 15, se pierde todo intento de comunicación con la audiencia. No mentían. Arrancaron con "Humo" y "Días Extraños" mostrando tal frialdad que en mi cabeza comenzaba a aparecerse la imagen de aquellos difuntos 15 euros, todos apretujados y mirándome con cara de pena mientras se despedían de mí cuatro días atrás. ¿Habrían llegado ya a su destino, al mundo de Nacho y Christina?
Afortunadamente, ni la anemia escénica evita que "Me he perdido" tenga el gancho suficiente como para creer que el percal aún tiene solución poniéndole un poco de empeño. Empeño inexistente por otra parte, a pesar de que Christina miraba a Vegas mientras le cantaba eso de "si lo hacemos tonto mío, pues hagámoslo como es debido". Ella ganó a los puntos tanto a la hora de mostrar cierta empatía con los seguidores como por el peso de sus temas en el repertorio. Vegas permanecía en un segundo plano preocupante. De su libro de canciones apenas cayeron "Canción de Palacio #7", "La Plaza de la Soledá"... Y lo mejor con diferencia de la noche: "El Hombre que casi conoció a Michi Panero". El resto se lo cedió caballerosamente a Rosenvinge, que aprovechó para dar algo de cancha a su nuevo disco, "Tu labio superior", e incluso en la de Michi Panero fue ella la estrella; con el único acompañamiento de su teclado la madrileña fue capaz de sacarme de la apatía (también llamada letargo). Al fin sentí algo parecido a la emoción, aunque no tenía claro si deseaba adorarla u odiarla por su perezosa y frágil versión. En su voz, la amargura de la canción original llega al oído transformada en una caricia. Luego entró la banda en el momento perfecto y Vegas cogió el testigo.
Fue en los bises cuando Nacho Vegas hizo "chas" y volvió a nuestro mundo por segunda vez. La cuestión es que lo hizo para saborear los labios de una chica, así que tampoco se le puede conceder demasiado mérito al asunto. Se encontraban ambos solos, él a la guitarra y ella entonando el "No Lloro por Tí". Esperábamos algo especial pues había en el escenario cierta bruma de melancolía dado que momentos antes había farfullado que era el último concierto de la gira. Como aquel al que le da la risa en un funeral, Rosenvinge dejó de cantar víctima de un ataque de risa después de "lloro por los perros que abandonan en la calle, lo que sienten, lo que sufren, nadie lo sabe". Vegas también se detuvo, aunque si puso cara de circunstancias o no era imposible saberlo por culpa de tanto pelo. Ella se le arrimó y con un movimiento rápido asestó un fugaz beso en alguna parte de su cara que pudo ser la boca. Ya os podéis imaginar la reacción del público. ¡Insólito!
Tras tal demostración de amor debieron quedar tan agotados que hubieron de ignorar la insistente y ruidosa petición para que saliesen de nuevo a tocar. ¿Pero por qué iban a tocar más canciones? Sólo se trataba de un concierto más. Ni más ni menos.
La verdad es que rondó el mayor de los ridículos el concierto en casi todos los 80 minutos.
De Nacho espero con ganas El Manifiesto Desastre, por que tengo claro que hoy por hoy es ahí, en el estudio, donde aún nos puede dar alguna alegría. Su siguiente concierto por acá, después de lo de Abril en Coruña y el viernes en Santiago... lo espero bastante menos.
Completamente dacordo. Eu de Nacho Vegas levei gratísimas sorpresas en directo, pero nunca da man de Christina, que como di David, deixaron lamentables concertos en Coruña (sobre todo) e en Compostela (cun concerto que eu considero máis digno)
¡Ten paciencia! El comentario tarda un ratito en publicarse. Gracias.