
Texto: Javimetal
Fotos: Archivo Maraworld / César Martín
Madrid
19 de Julio de 2008
En el año en que los Festivales se han convertido en una epidemia, el “virus” que hasta ahora era más peligroso, el FIB, ha mutado y dado una nueva especie patógena, al que, en un alarde de originalidad (o mercadotecnia) han tenido el acierto de llamarle Saturday Night Fiber.
El festivalero suele ser un tipo reconocible. Está harto de que su entorno más cercano se quede perplejo al ver que no conoce ninguno de los grupos que escucha y lo denomina “raro”. Suele además llevar la etiqueta de tío “Indie” (que suele ir acompañada de los apellidos “de mierda”), y harto de que en las fiestas de su pueblo-ciudad los ayuntamientos traigan a Melendis y Bisbales, por lo que emigra a grandes recintos con zonas de acompada donde se siente como en casa (también llamados festivales) donde, por fin, puede disfrutar de varias noches memorables con cantidad de grupos –mayormente internacionales- muy difíciles de ver si no se vive en Madrid o Barcelona.
Esto era lo habitual. Pero el evento que estamos tratando no se parece en lo más mínimo. Este Saturday Night Fiber tendría más visos como revancha del FIB hacia el Summercase, intentando quitarle público en su propia casa. Pero no un festival. Han llevado a los artistas del Festival Padre a un recinto que no estuvo lleno en ningún momento, y que tendría un aspecto desolador de no ser por la medida in extremis de la organización de hacer un 2x1 en entradas.
Sinceramente, y aunque en otra crónica me consideraba partidario del Summercase sobre el FIB, estoy escribiendo ésto no con la intención de atacar gratuitamente este acto recién nacido. No. Pero me ha dolido pagar 63 € (entrada anticipada, en el recinto se vendía a 72) por ver a 7 grupos que dudo mucho que le gustasen, en conjunto y como bloque completo, a cualquier asistente. Ha sido un cartel con el que arrastrar a mucha gente, pero intentando sumar los fans de cada grupo, haciendo que pagasen esa cantidad de dinero, básicamente, por ver a su artista favorito, lo que parece un despropósito. El cartel no estaba hecho con coherencia: no eran más que retales del FIB que tenían libre este día. Metemos a The Rumble Strips para abrir boca, a Babyshambles porque son mediáticos y los adolescentes y adultescentes irán, a Siouxsie por los nostálgicos “oscuros”, a Morrissey por los britpoperos y los treintañeros y cuarentones que idolatran a los Smiths, a My Bloody Valentine para los amantes del noise, a Hot Chip para animar la noche y a Mika para…, bueno, por si alguien que sólo escucha radiofórmulas pasa también por caja. Lo siento, no creo que esto sea un cartel ecléctico por buena fe.
Aunque hay que reconocer que el recinto –el parque Juan Carlos I de Madrid- era un sitio idóneo para hacer un concierto (aquí superan con creces al Summercase Madrid), con un pavimento de cemento, y gradas con asientos para hacer un descanso, o para descubrir cómodamente a grupos que no conocías, se le quedó muy grande para la propuesta. Hasta Morrissey (el cuarto en actuar) el público no llegó a ocupar ¾ de pista, ni las gradas empezaron a presentar una ocupación digna, también aproximándose a la proporción de pista –aunque eso sí, ocupación espacial, porque había muchas butacas libres entre cada los grupitos de asistentes-. A los asistentes nos favoreció mucho, porque supuso un festival muy cómodo, con espacio de sobra, y sin necesidad de padecer interminables colas ni para las barras, ni los servicios. Eso sí, no creo que fuese la intención de la organización, sino más bien un indicio del batacazo que recibió. Puede ser que tuviesen unas pretensiones de público demasiado altas, o puede que la “crisis/desaceleración económica” que nos asola tuviese mucha culpa, pero la verdad, en cuanto a público el festival no ha sido un éxito.

Ciñéndonos a lo artístico, llegué en la mitad de la actuación de The Rumble Strips, - muchas colas y muy poca información en la puerta de acceso, con mucha gente que no sabía donde canjear sus entradas de ciertas webs, y bastante retraso para los que accedían con Pase de Prensa, ya que no estaban en su taquilla correspondiente ni una persona de la organización, ni la lista impresa de los periodistas y fotógrafos etiquetados- y hay que reconocer el empeño del grupo por agradar. Bajo un calor asfixiante, sólo se encontrarían unas 80-100 personas en las primeras filas del escenario, y otras 300 en la única grada a la sombra. No obstante, el grupo agradó enormemente, con su pop melódico, rítmico y festivo, y con una puesta en escena demasiado simple, pero que no les restó efectividad. Otra promesa británica, agradable al oído, pero que posiblemente nunca den un pelotazo, porque por el momento no tienen todavía algo que les diferencie de los demás grupos de su generación, les falta ese hit inconstestable, ese gancho (o ese escándalo en la NME) que los catapulte. No obstante, muy disfrutables.
A continuación llegó la primera actuación a la que tenía de verdad ganas de ir: Babyshambles. The Libertines fue un grupo fundamental al principio de esta década, y aunque yo prefiriese siempre a Carl Barat (ahora en Dirty Pretty Things), Pete Doherty tuvo algunos singles potentes en su debut Down in Albion, y entregó un segundo disco, Shotter’s Nation, bastante decente, más equilibrado y que permitía darle un voto más de confianza. Incluso había dado algún concierto aparentemente sobrio y parecía que la desintoxicación funcionaba. Pero su actuación en el Fiber fue un fiasco. Aunque (aparentemente) habría superado un test anti-doping, la impresión era que venía a tocar de reenganche, sin haber dormido tras su actuación el día anterior en el FIB. Con su Dior roto entre las piernas y las suelas de sus botas despegándose (sólo parecía impecable su sempiterno sombrero), arrancó un concierto que obró el milagro: enfriar al personal bajo un Sol de justicia. Mostró una desgana y un pasotismo –no sabemos si intencionado- que decepcionó a las poco más de 1000 personas que convenció a que bajaran a pista. Tan sólo algunos seguidores que nos encontrábamos en las primeras filas –se contaban con los dedos de las manos- coreábamos sus canciones y bailamos. La pasividad del público era pasmosa, y lo incómodo de la situación no mejoró. Solamente ciertos guiños como la botella de Rioja del guitarrista de acompañamiento, o los cigarros que pedía Pete al público arrancaban alguna sonrisa entre el público, entre el que había mucho morboso en busca del escándalo (un sambenito que también le ocurre a Amy Winehouse). Musicalmente, centró su repertorio en su último disco, sin concesiones a los Libertines, con apenas 3 temas de su álbum debut. Y aunque instrumental no estuvieron mal – aunque sólo su sección rítmica estuvo a la altura de lo esperado-, la voz de Pete fue un susurro durante toda la actuación, lo que supuso un lastre incapaz de levantar. Sólo se escuchaba bien al cantante durante los estribillos y gracias. Así era imposible convencer, por muy enchufado que estuviese Doherty con su Rickenbacker. Por lo tanto, sólo sus grandes singles animaron tímidamente al público a moverse, como Killamangiro, Delivery, o su cierre de actuación, la inconmensurable Fuck forever. No obstante el veredicto es claro: una verdadera decepción. Esperemos que algún manager rescate a Doherty del círculo de autocomplacencia que le rodea y lo centre y lo lleve de nuevo a asombrarnos. Porque talento hay, pero el talento sin control no sirve de nada.

Ahora era el turno de Siouxsie y sus secuaces. A pesar de no conocer su discografía, empezaron muy bien, llevándose de calle a sus incondicionales, y sorprendiendo gratamente a los oyentes que, como yo, tenían curiosidad. Como frontman, se mostró en forma, demostrando que su largo parón no le afectó: animando constantemente al público, bailando todo el rato y derrochando energía. Incluso alguna canción, como “Happy house”, fue bailado por todo el personal. No obstante, la parte del respetable que no había venido expresamente a verla, acabó pidiendo la hora, porque se hizo largo comprobar cómo su repertorio, aunque disfrutable, acababa resultando plano y previsible. A mí me convenció, pero hay que tener en cuenta que muchos asistentes venían por los dos siguientes conciertos (los platos fuertes de la noche, la carne y el pescado, por así decirlo).

La estrella de la noche, o al menos el de mayor tirón, fue el megalómano y vanidoso Morrissey. Su nombre va inevitablemente ligado al rock británico de los últimos 25 años, ya fuese con los Smiths o en solitario. El público tenía muchas ganas de verlo (no tocaba en Madrid, como él reconoció, desde 1982), y entre las ganas del público, y un comienzo brillante, con “Last of the International playboys” y “First of the gang to die”, se metió al público en el bolsillo. Ésa era su intención, y por si quedaban dudas, desplegó su elocuencia con el público, sometiendo a sus fans a su antojo, y desarrollando toda la iluminación y escenografía –la mejor de la noche- para marcar su territorio, y demostrar que tiene un ego más grande que Bono erecto. Su interpretación intensa, aunque no siempre la voz estuviese a la altura de una banda buenísima, no acusó ni siquiera incluir en su repertorio su próximo single, una versión de los Buzzcocks o los inéditos de su último recopilatorio. No obstante, hacia el final de su concierto su repertorio se volvió progresivamente más barroco y recargado, lo que enfrió un poco al público, al que se volvió a ganar con el generacional himno “How soon is now”, que permitió un fin de concierto espectacular – y no porque se quitase la camisa-.

El otro plato fuerte de la noche fueron los My Bloody Valentine. Tenía una recomendación insistente para ver este concierto y no me decepcionó. Constataron que son el mejor grupo del noise, a pesar de todo el tiempo que transcurrió desde “Loveless”, su obra cumbre, y sonaron espectaculares, tremendamente intensos, potentes y con garra. Son duros de oído para los no acostumbrados, pero los fans –entre los que posiblemente me encuentre yo en el futuro- disfrutaron con su “maldito y precioso ruido”, especialmente con un cierre de actuación apoteósico. Y aunque tampoco se les escuchaba la voz, aquí quedaba claro que era su intención, no como la de Pete Doherty. Me dejó un muy grato sabor de boca, y demostraron que están en forma de cara a su próximo disco.
A partir de entonces, la noche iba a disminuir en intensidad. Y no porque no lo intentasen los restantes grupos. Hot Chip tenían una difícil papeleta, lo que posiblemente les condujese a una actuación discreta, que adoleció del derroche de guerra del anterior grupo, y que tuvieron una actuación muy corta. Eso les perjudicó, y les hizo perder la oportunidad de reivindicarse. Por eso, su actuación se quedará en decente, pero casi por inercia, mecánica.

Y por último, llegó la otra estrella de la noche, pero la pop, la de radiofórmula trasladada a festival alternativo: Mika. Estaba muy claro que no arrastró a su legión de fans al concierto –su puesto de merchandising registró muy poca actividad-, y que tendría que luchar contracorriente para convencer a muchos de los asistentes. Pero aún así dio un concierto loable. No se amilanó ante las adversidades y no renunció a su pop amable y ecléctico, aunque era consciente de que era un “rara avis” en un lugar que posiblemente no fuese el más apropiado para él. No obstante, convenció con unas interpretaciones muy vigorosas, llenas de una autenticidad que lo sitúan como el próximo artista británico mega-vendedor, quizá aprovechando la salida por la puerta de atrás de Robbie Williams. Lo tenía difícil, pero agradó.
Y así terminó la noche. Como todos los festivales, tuvo sus artistas que lograron convencer a sus fans, y aquellos que estaba de relleno. Sólo que se notó demasiado el truco, le faltó rapidez de movimientos al “mago”, que sintió que su orgullo estaba herido. Esperemos que, de repetirse esta experiencia, que aprendan la moraleja y que cuiden mucho más al público y que ofrezcan unas propuesta propia, y que hagan lo posible para que su seña de identidad no sea sólo un espejo de las “sobras” del FIB. Y de paso, esperamos que esta guerra de festivales no se repita, que los únicos que saldremos perdiendo seremos el público.