
Pavilhão Atlântico, Lisboa (Portugal).
16 de Julio de 2006.
Texto: Alfonso Penabade.
Fin de semana en Lisboa, la encantadora capital portuguesa me impresiona tanto que casi olvido que el domingo me acercare al Pavilhao Atlántico para ver a Sigur Rós. Entro en el susodicho y ya están tocando Amina las frágiles y muy nórdicas teloneras y violinistas de Sigur Rós. Nada más entrar ya me doy cuenta de que un pabellón no es el mejor lugar para ver a Sigur Rós. Éstos comienzan y la gente sigue hablando, sigue buscando sitio, sigue pidiendo cervezas, nada que ver con el ambiente respetuoso y la atmósfera mágica del concierto que dieron en el Teatro Coliseum de Madrid. Esta vez, además, iba acompañado por una “amiga” que no los conocía.
El concierto transcurría y me empece a impacientar al no sentir rastro de emoción ni sorpresa, al cantante se le notaba que tenia la voz algo cansada (venían de estar en el Summercase) y el sonido, a veces, no dejaba apreciar todos los matices de su musica. Miré para mi compañera y su rostro era neutro como si no fuera capaz de asimilar lo que estaba viviendo y por fin llegó el momento clave: durante la parada que hicieron en medio de una canción, hubo algún simpático que se puso a gritar, otros aplaudieron y yo sentí rabia y quise, por un instante, ser guardinha portugués para echarlos del recinto, pero al final ese suceso me vino bien. Evidentemente no podía echarlos pero sí ignorarlos y eso hice… Paralelamente los chicos islandeses empezaron a entonarse, era como si hubieran pensado lo mismo que yo, la voz empezó a ser mas potente y clara y el sonido mejoraba a ratos. Mi amiga decidió sentarse sin decirme nada, estaba como abstraída, y sonó “Gong” seguramente la mejor canción del nuevo disco y para mí la perfecta banda sonora para el comienzo de una película. Me sentí sólo y empece a disfrutar…
Y llegó el final, como en Madrid una cortina medio transparente cubrió el escenario y empezaron a sonar los primeros acordes de la ultima canción del ( ). El sonido iba subiendo, iba rasgando nuestras entrañas hasta hacerse insoportable, me acordé de la limpieza del sonido en el teatro madrileño y decidí taparme los oídos y ¡zas! Conseguí que se pareciera. Envuelto ya, por completo, por la musica busqué a mi “amiga” con la mirada, estaba ensimismada a punto de llorar y recordé que la otra vez que habia visto a estos chicos habia pensado que hubiera sido perfecto poder besar a alguien mientras llevaban su música a lugares recónditos, esta vez tenía la posibilidad de hacerlo, pero no era capaz. Acabó el concierto y sin esperar a que salieran a saludar fuimos los primeros en salir del pabellón, cada uno por su lado, como si no nos conociéramos, ya al aire libre me comento que no habia podido dejar de mirar los movimientos eléctricos del batería y la besé. Antes no habia podido hacerlo porque la musica de Sigur Rós es la banda sonora perfecta para los sueños y los sueños son imposibles de compartir, imposibles de clasificar.
Alfonso Penabade.