
Texto: Sierjo
La moda del “Don’t Look Back” puede empezar a saturarnos en breve. La avalancha que vivimos de bandas más o menos clásicas o míticas que deciden reivindicarse mediante la interpretación en directo de aquel disco que publicaron hace no sé cuántos años y que ha supuesto un antes y un después en el mundo de la música se hace ya un poco cargante. Todo festival que se precie debe tener en sus filas algún grupo reinterpretando de pe a pa y por orden todas las canciones de ese gran disco que publicaron y tenían ya casi olvidado: si yo llevo a Teenage Fanclub tocando a Bandwagonesque, tú contraatacas con Mogwai y su Young Team. ¿Qué será lo próximo? ¿Cuánto tiempo tardaremos en ver un DLB de The Killers o Keane? Me estremezco con solo pensarlo ¿Es que todos los grupos que se han marcado un DLB en este último año tienen algún disco realmente imprescindible? Salvando las distancias, el caso que nos ocupa no se sale del patrón ¿Es Frosting on the Beater un disco que haya marcado una época o un disco con el que se identifique una generación de no ya tan jóvenes? No lo sé. Lo que sí es seguro es que se trata de un muy buen disco con un puñado temas sensacionales y que, con la excusa del 15º aniversario de su lanzamiento, y por si el estupendo directo del que siempre hacen gala los de Seattle no fuese aliciente suficiente, sirve para promocionar una gira que volvía a hacer escala en Vigo, esta vez en una desconocida para mi Sala Mondo, amplia, bonita, que suena bien y de la que me llevo una grata impresión.
Tuvieron el honor de abrir la velada los lucenses Holywater. Vuelven para presentar Tranquility, su tercer trabajo tras una temporada alejados de los escenarios y no lo pudieron hacer mejor. Convencieron a los predispuestos y a aquellos que comulgaban de antemano con su música y nos hicieron ver a los que nunca nos habían llamado la atención que, al menos en directo, algo tienen. Un sonido apabullante – lo fue durante toda la noche - y la entrega de la banda contribuyó a la buena sensación que dejaron en los asistentes, agradeciéndose que no prolongasen su actuación más de la cuenta.
Lo que sí se prolongó fue el tiempo de espera hasta el plato principal de la noche, más de media hora entre los apretujones de un público que respondió a la cita llenando la sala. Poco después el gordo (Jon Auer parece cada vez más una mezcla entre Jack Black y James de Yo La Tengo), el flaco y el resto de la banda hicieron su aparición en escena y los primeros compases de Dream All Day comenzaron a sonar. Pero claro, con el asunto este del DLB no hay lugar a la sorpresa y según terminó el primer tema todo el mundo estaba ya con la escopeta cargada para berrear aquello de “I call you sister Carrie...” Claro, es que después de Dream All Day viene Solar Sister. Y después Flavour of the Month, y después... Pues después baja ligeramente el nivel. Es una de las pegas que tiene el Frosting On The Beater; que empieza con semejante trío de ases que los reyes, caballos y alguna sota que vienen después parece que saben a poco. Para impedirlo estaba un Ken Stringfellow todavía en plenitud de facultades, perdiendo litros de líquido corporal en sudor y salivazos, con ganas de montarla y de bajarse a cantar entre el público. Mientras yo intentaba evitar el pogo de las primeras filas, Jon Auer, que empezó un poco frío, iba de menos a más según se sucedían los temas con el guión previsto. When Mute Tongues Can Speak fue el as que faltaba, el último punto álgido de una primera parte del show que se cerró con los líderes de la banda entonando de manera solemne y sin más compañía que guitarra y teclado su Coming Right Along.
Los bises no se hicieron esperar y, a la vista de la reacción del público cuando sonaron temas de Amazing Disgrace, quizás se confudieron de disco al que homenajear (o quizás se planteen otra gira de estas en el 2011). Please Return It no salió hasta el tercer intento (el segundo fue fallido y el primero duró dos estrofas que un entusiasmado seguidor clavó, micro en mano, desde las primeras filas) y Ontario puso la sala patas arriba. Lástima que no sonaran Daily Mutilation o Everybody is a Fucking Liar, pero no cabía todo. A cambio se entretuvieron con una especie de ‘jam’ en honor a Vigo, en la que llegaron a pervertir el Biko de Peter Gabriel – y alguna conocida canción más - cambiando el nombre del activista sudafricano por el de la ciudad de las mil cuestas, lo que supuso una de las anécdotas más simpáticas de una noche bien aprovechada con un grupo al que puedes apostar sobre seguro aún 15 años después.