Dynamophone, 2008
7 de Diciembre de 2008
Texto: Sergio M
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A Lily -  I dress my ankles with god's sweetest words


Como ocurre con muchos discos, la culpa de todo, por activa o por pasiva, para bien o para mal, la tiene una chica. A Lily es el fruto de la imperiosa necesidad que tuvo un joven universitario de Canterbury de expresarle a ésta cómo le hacía sentirse. Lo curioso es que el impulso no se reflejó en las clásicas declaraciones de amor (o desamor), sino en un mudo recorrido por ambientes cálidos y tiernos en los que se fundían parte de la épica invernal de Sigur Rós, la minuciosidad de múm, la calidez de Helios y el misterio crepuscular de Boards of Canada.

Sin embargo, no sólo los sentimientos románticos mueven los impulsos musicales de James Vella, al que ya se le conocía en el ámbito del post-rock por formar parte de Yndi Halda, cuyo debut en 2006 con "Enjoy Eternal Bliss" tuvo una acogida espléndida. Pero las millas que los distanciaban durante los períodos "vacacionales" han permitido a Vella seguir nutriendo a A Lily de canciones. "I dress my ankles with god's sweetest words" es un Ep con tan sólo tres, pero que ofrecen otra perspectiva de sus intenciones musicales.

Quizá este Ep sea un poco como ir hacia atrás y resultase más fácil comprenderlo si nos lo hubiésemos encontrado en los primeros pasos de A Lily. Más que nada por la espontaneidad y naturalidad de las dos primeras canciones, que aspiran a reavivar la ternura del primer álbum pero con una base más folk pop, con guitarra acústica, violín y piano. Y a Vella, que canta (susurra) como lo haría Neil Halstead si aparcase su afectada melancolía, se le escapa una risa cuando entra la segunda voz, femenina. Es uno de esos instantes que te puede parecer maravilloso sin que halles una razón convincente que lo justifique. Desemboca en "A Song for Ron Mental and Sidney Bishop", donde suavemente introduce una sutil base que va arrastrando la atmósfera hacia latitudes septentrionales (de nuevo múm). Llega tan al norte que nos deja en un paraje congelado. En "Hunter and Sky" desaparece todo lo que antes prevalecía para adentrarse en una paraje presidido por un majestuoso y suave drone, originario de las mismas mágicas fuentes de las que beben Stars of the Lid. Incluso con el cambio de rumbo al que nos somete, retiene el efecto de sosiego. No lo ha perdido pues aquella musa aún lo acompaña, aunque, muy probablemente, ya haya cambiado de rostro.


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