Sin salir de su apartamento en Londres, el canadiense Dan Snaith ha sido capaz de crear nueve piezas de pop mágico capaces de llevarte de viaje a unos psicodélicos años sesenta. Si en anteriores trabajos, con el nombre de Manitoba, su sonido era claramente electrónico, en Andorra, el conjunto de capas que componen las canciones persiguen un sonido más orgánico y natural.
El disco se abre con la impactante percusión de “Melody day” que nos traslada a un garaje de pop-noise. Tras esta primera sorpresa el álbum resulta ser una inexplicable combinación de tambores, flautas, campanas, cuerdas y metales que aparecen y desaparecen sin ninguna explicación. En “Sandy” la combinación de voz y coros es prodigiosa, lo mismo ocurre en “She´s the one”, “Eli” o la inocente y bella con inicio oscuro “Desiree”. Las huellas de su anterior alias son visibles a medida que el disco avanza, “Irene” se hace querer por su monótona simplicidad y para finalizar “Niobe” que, con sus nueve minutos de duración, nos sirve como jarro de agua fría y nos avisa de que ya va siendo hora de abrir los ojos, eso sí, poco a poco.
Escuchar Andorra es similar a observar un frutal en primavera, cada día que lo contemplas te ofrece una novedad, un detalle en el que no habías reparado antes, un arreglo sorprendente. Todo con el fin de dejarte embobado ante una belleza natural que, por efímera, no resulta menos reconfortante.
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