BCore, 2008
El último disco de Charades es como la fuerza de esas olas que de pequeño te atrapaban y, antes de darte cuenta, te abandonaban en la orilla sin poder hacer nada para evitarlo. Como buena ola caprichosa En ningún lugar te deja estupefacto y preguntándote ¿Qué me ha pasado?
En menos de veinticinco minutos disfrutamos de un conjunto de power-pop vital, sin excesivas concesiones a la galería y acompañado de unos textos tan directos como descriptivos. Las canciones duran el tiempo justo. Una vez que el mensaje se ha trasmitido, desaparecen dejándote con la miel en los labios. Cada una de ellas tiene entidad propia y se erigen como auténticas declaraciones de intenciones, desde el inicial "Siete" con su Todo lo vendo, todo lo cambio al gran final de "Anna Arendt" y su Si sientes que no queda nada, que se apaga, sólo cámbialo, por el camino quedan perlas como "La máquina del tiempo", "La carta", "El barco de Eric", "En ningún lugar" o "Rozando la suerte" y su gran verdad El tiempo que perdí se vuelve contra mi, ya no creo en la suerte.
Este disco significa un antes y un después en la carrera de Charades; atrás queda el inglés, atrás queda ese cansino The. Ahora tienen por delante todo un futuro abierto y, parafraseando la letra de "La máquina del tiempo", espero que su pasado no marque lo que son ni lo grandes que deberían llegar a ser.