Warner, 2008
Sólo hay mentiras y con ello lo que quieres es decir toda la verdad. Esto reza Iván en “Toda la verdad”, el tema que abre la maravillosa lata de sardinas del nuevo trabajo del gallego. Conforme se escucha, los versos, las canciones, las instrumentaciones se apretujan - como las sardinas -, las ideas fluyen, empapadas en el aceite de la personalidad de un Iván Ferreiro pletórico. Y a medida que empiezan a empapar tus tímpanos, dejan un poso de crooner desafiante, que aprovecha su dominio escénico y vocal para jugarte su mejor truco de “Magia”.
Y quizá el disco sea tan sólo un juego. Quizá la carrera en solitario de Iván sea un juego. Quizá sea un partido de tenis al que no podía jugar con los demás Piratas. Puede ser individual, o dobles si juega con su hermano. Y en este juego, arriesga. Y en la partida que hoy nos atañe, suele salir ganando. Y siguiendo con el símil, sería un Grand Slam. En un partido a 5 sets, largo, de desgaste, pero al que no puedes dejar de prestar atención.
Expliquémonos. Su debut (Canciones para el tiempo y la distancia) era de un pop amable, sencillo, dulce, sin tensión, como un partido amistoso con un amigo un domingo de Sol. Juegas sin pretensiones; quieres ganar, pero sin sudar, y el resultado no es lo más importante: lo fundamental es hacer deporte, no quedarte en casa. Después vino Las siete y media, un EP con algunos temas realmente buenos que avisaban del peligro de Iván: estaba cogiendo forma y empezaba a mostrarse cómodo con distintas superficies: canción de autor, intimismo épico y pop intenso, en el que destacaba con más presencia esa voz tan personal pero tan efectiva que ya brillaba en el grupo corsario, referencia del indie patrio junto con Los Planetas. Y se le venía venir desde el fondo de la pista con ganas; de ahí su nominación a los Grammy Latinos como mejor álbum de Rock Vocal.
Y ahora le tocaba debutar en la pista central. La primera decisión fue hacerlo en abierto y en prime time: colgando el disco en su web para su descarga gratuita, aunque eso provocase malentendidos con su entrenador - la discográfica Warner -, que al final se vio aliviado con el recibimiento de su pupilo (#4 en las listas nacionales, compitiendo con Papitos y demás). Y a la hora de afrontar el partido, lo hizo arriesgando, jugando a las líneas, sin contener ese derroche denso y urgente de versos donde prima la interpretación personal del oyente a la primera impresión, con esa voz versátil, que puede ser rockera - “NYC” -, luminosa - “Toda la verdad” -, pegajosa - “Canción húmeda”, desafiante - “Personalidad múltiple”, “Más de una vez” -, teatral - “Mentiroso mentiroso”-, tímida - “De mi un pandero”-...
Y así podríamos desgranar el álbum. Un disco que necesita varias escuchas para comprender todos los palos que toca, para diferenciar todas las texturas. La complejidad vocal e instrumental respecto a su debut se antoja sonrojante, y reafirma a Iván Ferreiro como una de las personalidades más destacadas del pop español de esta década y la anterior. Y parece que para mucho rato. No obstante, en esa creación tan diversa y abierta, también hay que reconocer que ha metido sus ferreiradas en el disco, entendiendo por este término esas canciones experimentales para los bienpensantes, inexplicablemente frikis para el resto (la mayoría) y que en esta entrega son “La canción del no”, “Réquiem” y en menor medida, esa extraña elección de single de “Meteoro y el señor conejo”.
Resumiendo. A este chico (no tanto, 37 tacos), por debajo de ese disfraz de mentiroso mentiroso se le ha escapado “Toda la verdad”: sabe jugar sus bazas y le ha salido un muy destacable disco que engancha, que atrapa y que sorprende positivamente, con perlas como “Secretos deseos”, “Jet lag” o “Magia" o las que abren el párrafo. Iván, felicidades.