Texto: Fermín Rodríguez
Un nuevo disco que sumar a la fructífera carrera de La Costa Brava. A pesar de un reajuste de plantilla (Dani Guzmán y Eloy Cases causan baja mientras el ex-Tachenko Ricardo Vicente se une al proyecto) todo continúa igual pero mejorado. Las melodías se cuidan más, el gusto por los pequeños detalles va en aumento (coros, órganos, vientos) y las letras son cada vez más redondas.
La variedad de ritmo, temática y voces (Fran Fernández, Sergio Algora y Ricardo Vicente) resulta desconcertante hasta que descubres que los trece temas que componen el disco no forman un bloque unido. Cada uno de ellos tiene vida propia y no necesita de sus compañeros para justificar su existencia.
En "Velocidad de Crucero" nos encontramos historias de amor imposible “Natasha Kampush (Hazme una perdida)”, la búsqueda de redención ante un futuro incierto “Hospital”, mágicas e irrepetibles aventuras juveniles “Olímpicos”, la difícil vida de un superhéroe venido a menos “Amor bajo cero”, reflexiones de fin semana “Sábado”, ajustes de cuentas “El hombre que perdió los papeles”, cosas que pudieron ser “Casado con otra” y, sobre todo, la maravillosa sencillez de “Háblame”.
A excepción de “Olímpicos” y “Japonesa”, ejercicios que podríamos considerar de prototechnopop, el disco parece actualizar el sonido de cualquiera de esos grupos de pop español que, en la década de los sesenta y principios de los setenta, tuvieron la original idea de ponerse un “Los” antes de su nombre. Las canciones suenan a final de días perdidos, a pisos de techos altos con suelos de madera que crujen al caminar y, sobre todo, a esa escena final de Verano Azul en la que Pancho se lanza a correr tras el taxi de Julia mientras ella se aleja para siempre.