Texto: Sierjo
Hay algunos que, sin dejar de ser buenos estudiantes, no son los típicos alumnos chapones. No sacan matrículas y nunca han destacado gran cosa sobre los demás; ni siquiera lo pretenden. Lo de estos personajes es más una carrera de fondo, de hacer las cosas bien y sin prisas para llegar a buen puerto; una prueba de esfuerzo y sacrificio, ya que son conocedores de sus limitaciones. La pega que tienen es que no son todoterrenos, como la mayoría de los antes citados empollones. Todos estos alumnos tienen un punto débil, una asignatura que no tragan, que se les hace muy cuesta arriba y les fastidia la media.
La asignatura con la que los suecos Logh han corrido serio riesgo de atragantamiento es éste su cuarto largo, que lleva por título North (Bad Taste, 07), el disco que podría bajar la media de un estudiante ciertamente aplicado y regular, de esos que ni bajan ni suben del notable, como bien han demostrado desde que nos sorprendieron con el post-rock íntimo de Every Time a Bell Rings, an Angel Get his Wings (Bad Taste, 02).
Cambiar guitarras por teclados a estas alturas de la historia no suele traer buenos resultados. De todas maneras, el cambio venía perpetrándose desde el joven y sónico, a la vez que amable, A Sunset Panorama (Bad Taste, 05). Si en éste conseguían un sonido muy resultón tamizándolo a través de un colador, hacerlo pasar ahora por una batería de siete coladores uno detrás de otro obtiene un efecto mucho más dudoso, perdiendo gran parte de su mala leche por el camino. Todos sabemos que la magia de las cosas está en los tropezones, esos que se quedan atrapados en dicho colador. Y si bien un comienzo como el de su anterior disco es difícil de igualar, un pastelón del calibre de “Saturday Nightmares” presagia el mejunje post-pop-shoegaze e incluso ambient en el que se convierte North una vez expuesto a esa fiebre que les ha dado por hacer zumbar un sintetizador de fondo en todas y cada una de las canciones.
Y si por algo me revienta este nuevo sonido tan blandito es porque Logh tienen grandes temas – los de North también lo son casi sin excepción, por eso se salva de la quema - y, a pesar de desear odiarlos por este inesperado giro, en momentos puntuales no puedo evitar caer en su trampa, abstraerme de las formas y emocionarme con “Death to my Hometown”, “The Black Box” (sin duda lo mejor del disco) o el dúo formado por “Forest Eyes” y “Thieves in the Palace” (momentos donde suenan algo más “terrenales”).
A pesar de todo estaría dispuesto a apostarme algo a que este disco gustará mucho y recibirá alabanzas de toda la crítica especializada, excepto de los que en su día pusieron a caldo (con razón) Happy Songs for Happy People (Matador, 03) de Mogwai. Salvando las distancias, el proceso de "gasificación" de su música ha sido bastante similar. De todas maneras, en mi mente estas canciones suenan de otra manera.