Cuando un artista con un sonido tan absolutamente personal e intransferible como PJ Harvey lanza su séptimo disco, nadie espera grandes sorpresas. Esto cambia si vas escuchando por distintos lugares que sí va a haber un giro, y te lo confirma en directo durante el Summercase’07.
Cuando un artista con un sonido tan absolutamente personal e intransferible como PJ Harvey da este tremendo vuelco hay dos formas de ver las cosas: unos dirán que se cree tan divina (¿acaso no lo es?) que le da igual lanzar cualquier cosa al mercado, porque sabe que va a funcionar; otros decimos que una bofetada como “White Chalk” es una bendición y que simplemente hay gente incapaz de hacer las cosas mal… tan siquiera medio bien.
Hace ya casi cuatro año Fernando Alfaro me decía (mis amigos me van a matar, porque como buen abuelo cebolleta he contado esta historia, junto con alguna del bajista de Placebo, algo así como cincuenta veces) que lo ideal era conseguir un disco que no tuvieses que escuchar cinco veces antes de que te empezase a gustar, sino que te gustase desde un principio y luego fuese ganando más y más. “White Chalk” es eso. Un disco que gusta en seguida, pero un disco que no deberíamos criticar y muchos menos puntuar en tan corto espacio de tiempo. ¿Por qué?, pues porque la sensación de que va a ser mucho más grande cuando madure en barrica es indiscutible. No creo que nadie pueda saber la repercusión real de este trabajo hasta pasados un par de años.
En alguna entrevista de la prensa especializada leía que alguien decía, en respuesta a que el periodista le reprochase que siguiese sonando exactamente igual que “ya, pero es que hay que ser muy Radiohead para cambiar algo que funciona”, que “White Chalk” es el “Kid A” de Polly Jean, un disco que rompe con todo lo anteriormente dicho o oído. Bueno, mejor dicho, con todo lo oído, pues en realidad la temática de las letras no se aleja tanto de lo anteriormente editado.
Guste o no, es digno de aplaudir que la artista que mejor posee la guitarra en el panorama musical actual y (sé de lo políticamente incorrecto del comentario) única mujer que realmente domina ese instrumento, cuando menos que yo haya presenciado, renuncie a ella y se haga acompañar casi exclusivamente de piano, matices de harpas y guitarra acústica. Cuidado, no confundamos ésto con que Harvey deje de lado el rock en “White Chalk”, pues canciones como “Devil”, “The Piano” o la tremenda “When Under Ether” no pueden ocultar el alma de la mujer que las interpreta, los gritos de desesperación, de deseo, de miedo, de ahogo. La búsqueda de aire, de poder respirar después de que te sumerjan en el agua contra tu voluntad, que alcanzan su momento más álgido en los compases finales de “The Mountain”, poniendo el broche al disco. Además, hay que sumar el eterno valor añadido del morbo del que canta en primera persona y nuestra perpetua impresión de todo lo que se dice en “yo” significa autobiografía, cuando lo más habitual es que no sea así.
“White Chalk” suena durante apenas 33 minutos en tu reproductor pero no deja de reproducirse en tu cabeza, te turba, te hace sentir incómodo, con ganas de arroparte en cama, de llorar, o simplemente de meditar tranquilamente. Pero todo ésto es una primera impresión, habrá que dejar que el vino se haga añejo para saber si realmente sirve.