Embajada Liliput, 2008
Hace dos años, un inquietante paisaje en blanco y negro se reflejaba en el espejo de "Electric Doorbells". Apenas entraban unos rayos de luz otoñales, y se respiraba un aire atiborrado de desesperanza. Pero, como a veces ocurre, la primavera irrumpió cargada con los colores que habían quedado almacenados en un rincón de la memoria. Con generosidad, parece ayudar a mantener vivas nuestras ilusiones y aquellos viejos planes postergados "ad infinitum". Las carreteras ya no son las sombrías serpientes que discurren entre islotes de bruma. Sin apenas notarlo, chocas con la percepción de que ahora sí tienen sentido aquellas despreocupadas melodías pop de las que, hasta hacía poco, renegabas. Es tan evidente que el título, "ranas, limones, mar", no deja lugar a muchas dudas. Se filtra entre arreglos de metales y coros extrovertidos ("Frog, lemons, sea"); golpea tu frente como hace la brisa fresca a través de la ventanilla ("Sad cars").
Pero también podría ser que afuera siga siendo otoño y nos resistamos a admitirlo; como aquel que engaña con perspicacia a su psiquiatra (y a sí mismo), hasta convencerlo de que la dirección de sus pensamientos se ha enderezado, al fin, hacia lo que se espera de nosotros. Sin embargo, la metamorfosis de Salieri sufre un agotamiento anímico y termina cayendo de nuevo en brazos de la húmeda melancolía; porque hay aspectos tan arraigados en uno mismo que para desterrarlos se necesita algo más que la voluntad para hacerlo. Ya sin fuerzas para colar otra mentira más, "Song for a little planet" y, sobre todo, "Hands on a waterfall", abren en canal los sentimientos de Salieri con tal intensidad que hasta llegas a desear que la primavera no llegue nunca.