No me suelo molestar en escuchar ciertos discos si no es por obligación, como es el caso. Mis excusas son de lo más razonable. Desde “son brit-pop” hasta “me caen mal”. La de “el cantante tiene cara de idiota”, una de mis preferidas, me ha servido para negarme a escuchar hasta el momento disco alguno del grupo que nos incumbe. Se trata nada más y nada menos que Travis, de los que conocía los tres o cuatro singles que inevitablemente cuelan sus videoclips en las cadenas musicales de TV, con distintos grados de efectividad, pero siempre azucarados hasta la caries. Cualquiera que haya visto el videoclip del primer sencillo extraido de The Boy With no Name (Sony, 07), se habrá percatado - además de alarmarse porque el hombre al que en su día Beckham copió el estilismo haya optado ahora por un peinado inspirado en Miguel Bosé o en un entrañable gilí - de que el careto de panoli de Fran Healy es cada vez más evidente.
Tampoco es menos cierto que si, por un momento y con esfuerzo, obvio los detalles extramusicales, apenas encuentro sitio donde clavar el cuchillo y destripar a estos escoceses. No observo nada especialmente abominable en su música, pero tampoco hay, ni mucho menos, nada que debamos ensalzar, pues su norma parece ser no salirse ni un milímetro de la propia norma. ¿Detestable o adorablemente correctos? Si me dejo llevar por mi hígado, opción 1; si olvido mis prejuicios, la 2 ¿Excitantes? Ni hablar, no más que una suave brisa de verano. Pero claro, después de treinta escuchas de alguno de sus singles puedo sorprenderme a mi mismo tarareando en un descuido ese “lean on me noooow” (“closer”). Yo los buenos temas los tarareo a la tercera.