Fueron un claro ejemplo de ingratitud comercial y excelente compensación sentimental y crítica. De la ligación pegamoide de sus primeros singles y los asomos after-punk del debut, “Cementerio de automóviles”, a la acritud roquera de sus últimos trabajos – “Tormentas imaginarias”, “Todo lo que vendrá después” o este “Último concierto”, entrañable despedida de sus fans y valedores-, Ceronoventayuno fueron evolucionando lentos pero con paso firme, afianzando un estilo muy suyo, solapando sobriamente la influencia anglosajona con el temperamento propio del terruño español (no en vano fueron de los primeros de su generación en rendir pleitesía, por ejemplo, a la tradición pop española versioneando a Los Brincos), sostenidos en la certera y hacendosa escritura de José Ignacio García Lapido y la voz de José Antonio García, uno de los mejores y más expresivos solistas de aquí. Los dos, con el advenimiento de Tacho González y las puntuales aportaciones del resto de tripulantes de la nave granadina, incluida la intermitente aparición del Lagartija Nick Antonio Arias, se convirtieron muy pronto, y a lo largo de los años en activo, en uno de los tándem más perfectamente engrasados –y casi indisolubles- de la historia del rock español.
Fue con el segundo de sus álbumes, “Más de cien lobos”, cuando arranca definitivamente ese carácter personal en sus canciones, aquí escorado hacia terrenos más norteamericanos. Milagrosamente producido por Joe Strummer, la soltura y contundencia de las guitarras ya son un hecho, y sólo quedará afinar aún más los ya de por sí magníficos textos de García Lapido: angustiosas y maduras proclamas en el desierto, pedazos de pura y lúcida filosofía de la subsistencia y la amarga esperanza. Letras repletas de sutiles referencias, cultas o populares, salpicadas con las conclusiones de Lapido, soberanas deliberaciones que conformaron un corpus casi inédito en la literatura rock de nuestro país, aparte de uno de los más sensatos.
Con “Debajo de las piedras” y “Doce canciones sin piedad”, intentaron casi denodadamente la recompensa mediática que muchos de sus contemporáneos habían conseguido años antes, pero parecía que su condición de “losers” iba a estar pegada a sus húmedas camisas como un hábito desgraciadamente eterno, inamovible. Suerte que parecieron alimentar ya desde el título de su siguiente disco, “El baile de la desesperación”, y en las grabaciones finales ya citadas.
Fiel reflejo de su postrera etapa, la más “hard”, es este “Último concierto” reeditado en este 2006 con motivo del décimo aniversario de aquella velada. Álbum triple con dos cd´s y un dvd, incluyendo éste último una versión reducida del repertorio y las declaraciones del grupo sobre su íntegra trayectoria. Rocanrol áspero, consciente, punteado por los diálogos de guitarras entre los hermanos García Lapido, acompañando la dicción de José Antonio, mucho ‘groove’, y casi todos ellos momentos más que significativos en la carrera de los granadinos, como los que hablan de la pérdida en “La noche que la luna salió tarde”, los recortables en “Qué fue del siglo XX”, la estremecedora incomprensión de “La canción del espantapájaros” y la identificación apocalíptica en “Otros como yo”, las crudas pinturas de “Escenas de guerra” o la desolación de “La torre de la vela”, sin olvidarse del realismo mágico del “Cementerio de automóviles” o el recuerdo de los frívolos balbuceos regados con “Fuego en la oficina”, presencias y omisiones en la platea y el subconsciente, su repertorio siempre fue uno de los más sólidos y necesarios de su tiempo, de los que habían sido y los que tendrían que venir. Por ello nunca una denominación como la de entrañable estuvo mejor inventada para un grupo como 091.
Pentatonia Records
El Diablo
Lenny Leonard.