Hay discos predestinados a estar en las listas de lo mejor del año y el tercero de Maga es uno de ellos. Con sus antecesores, que como no tienen título, llamaremos blanco y negro, respectivamente, le mostraron al mundo de qué son capaces. Pero el golpe de efecto definitivo tenía que darse ahora... y así ha sido.
La tercera parte empieza Al dictado, menos electrónica y más enfocada en el directo (por algo se han chupado tanta carretera) pero manteniendo los niveles de ternura y detallismo del sonido Maga. El estribillo de Dardo y Alicia (“lanzo mi cometa contra el cielo...”) fue el inspirador del adjetivo luminoso, la estrella de cuantos se han usado para hablar del disco. Pero la luminosidad se apoya en otras letras que no son, ni de lejos, tan oscuras como las de su anterior trabajo.
Otra de las notas destacables son las colaboraciones. En El cristal por dentro, por ejemplo, la voz de Miguel Rivera se ayuda de la de Andrea Echeverri, de Aterciopelados, que grabó a distancia desde el otro lado del charco, sin conocerlos siquiera. Se emocionaron al oírlo, días después.
Mucho más cerca les caían Florent, de Los Planetas, que toca la guitarra en Pasó el cometa, o el ex-Golpes Bajos Germán Coppini, voz en Trampa en la boca. Colaboradores de lujo de los que recogen el testigo de lo mejor de los 80 y los 90.
La canción más potente del disco, la más electrónica y con la que abren los conciertos, es Hormiga. Me sedujo en el instante en que sonó, como Agosto Esquimal, la que siempre pinchaba Sideral, o Des-Pi-De, de su EP Bidimensional. Y me sigue gustando ahora... Otro himno para el saco.
De todas formas, las canciones en las que tienen invitados no son nada despreciables. Pasó el cometa, una de las dos que ha compuesto Javier Vega, repite una y otra vez que “voy a borrar tus sueños para salir de tus recuerdos”, convirtiéndose en uno de los puntos álgidos del disco.
Y en Trampa en la boca, tan directa como un gancho de derecha, la tensa voz de Germán Coppini encaja a la perfección con la fuerza poética y la magia vocal de Miguel Rivera (“¿Quién ha dicho que el silencio cura las palabras?”).
Los únicos rastros de oscuridad se amotinan en Año Nuevo (“crece la maleza que nos protegerá de otros inviernos”) y Nada nuevo bajo el sol (“Juntos en algún momento abrimos libros distintos”), más melancólica que otra cosa. Pero nada que ver con las tinieblas del disco negro.
Una canción como Diecinueve sólo ocurre una vez en la vida, pero las once del disco rojo engrandecen su leyenda, y con ella la del indie español. En este país no es posible hablar de música sin hablar de Maga. A ver cuándo se lo reconocen...
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