Como si nos colocasen un filtro frente a los ojos, Salieri decoloran el entorno hasta volverlo blanco y negro. En el cielo nos dibujan a carboncillo amenazadoras nubes grises que evocan tormenta, pero cuya electricidad es sutil y todavía contenida. Con cada hipnótico giro de la música caen las hojas de los árboles caducos, cada vez más desnudos, como guitarras de cuyas cuerdas casi gotea esa humedad que no podemos ver, sólo sentir cómo empuja contra el suelo. Sentado junto a la ventana de madera de un viejo y solitario caserón perdido en la campiña, con la melancolía colándose entre las maderas y el tiempo perdiéndose bajo las puertas y, sin embargo, gozando de la soledad contemplativa.
Fuera refresca, y la fría e inquieta brisa que nace de la garganta de Diana P. convulsiona los crecidos hierbajos. Lejos, en alguna desconocida habitación del otro lado del robusto caserón, resuenan los espectros de The Velvet Underground, Joy Division o The Cure, sumidos en un eterno y tenso Otoño. Pero conforme se consume la tarde, la vela que iluminaba su pequeña y oscura habitación comienza a rendirse a la evidencia de la oscuridad y a la desesperanza de la rutina ("Now everybody's gone"). Su final deja en el candelabro una pastosa y templada cera que, una vez se enfríe, guardará con las otras en el último cajón de la mesilla; habrá una por cada vez que la amargura le gane el pulso; y ello con la esperanza de, algún día, hacerlas arder todas juntas y que su calor dure para siempre.
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