Globalizacion es un término moderno especialmente usado para describir los cambios en las sociedades y la economía mundial que resultan en un incremento sustancial del comercio internacional y el intercambio cultural.
Si eliminamos de la definición de la Wikipedia las connotaciones económicas de la palabra en cuestión y nos quedamos con que el término describe “los cambios en las sociedades que resultan de un incremento del intercambio cultural” podemos empezar a comprender el segundo disco en solitario de Christian Kjellvander. Un disco difícil de asimilar hace unos años y que aún ahora no deja de sorprender en su propuesta. El sueco podría dedicarse a sacar discos de folk escandinavo (tome el nombre que tome) pero ha decidido mirar hacia otro país, hacia otro continente. Dicen que la globalización hace que se pierda la identidad de los pueblos, pero también ayuda a conocer la de otros y, por qué no, adaptarla como propia, sobre todo si esta es la supuesta cultura dominante. Esto viene a explicar que Kjellvander, con ese sonoro apellido nórdico, facture un disco de lo que llaman Country Alternativo. Y no solo eso, sino que sale más que airoso del desafío.
El sueco pone todo su empeño y su voz, que no es poco, en emular a sus ídolos norteamericanos (Norteamérica engloba también a Canadá, no lo olvidemos) y nos entrega un disco más próximo a la tradición, que algunos nacidos en el otro continente que se abrazan al termino americana como si les fuese la vida (y algunos dólares) en ello. Aprendidas las lecciones de Townes Van Zandt o Jay Farrar (por citar dos ejemplos distanciados en el tiempo), Christian se libera de las ataduras que suponen determinados esquemas preconcebidos y deja que las canciones fluyan por si mismas. No se limita a imitar unos parámetros que hacen que el country suene a country. Se deja llevar por instrumentaciones oscuras e insinuantes. Deja que su voz triste y grave vague por los espacios sonoros creados con esos crescendos abortados. Se entrega a un sonido propio, una suerte de Chris Isaak del siglo XXI pero nacido lejos de la soleada California, en el paisaje gris y frío de los países nórdicos. Su música se empapa de ese paisaje y de toda la melancolía que puede transmitir. Relajado, suave, acariciando cada palabra y cada nota. Más próximo al The Trinnity Sessions de los infravalorados Cowboy Junkies que del country rock de los seminales Uncle Tupelo, Kjellvander se vacía por dentro en canciones tan expresivas como Drunken Hands, Foreign Rain o ese espectacular dueto con Nina Persson (The Cardigans) que es Roaring 40´s.
Si hubiese nacido en Minnesota posiblemente la prensa yanky estaría celebrando la llegada de la nueva sensación del rock americano, pero nació en Suecia.
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