Aunque tenga ya unos cuantos meses de rodaje, escuchándolo en estos momentos no me he podido resistir a hablar de uno de los discos más exageradamente densos y difíciles del año, un disco que deja en quién lo escucha un poso de incomodidad no apto para aquellos que estén atravesando malos momentos personales.
Si bien en sus trabajos anteriores, el revelador Been here and gone (Matador, 2001) y su posterior confirmación con el e.p. You’re a big girl now (Acuarela, 2003), quedaba un resquicio, una mínima rendija por donde sacar la nariz y respirar algo de aire fresco, un gramo de optimismo, en el monumental Trust not those in whom without some touch of madness (Acuarela, 2004) la ínfima esperanza que quedaba se va tornando totalmente en angustia, la claustrofobia se apodera de cada nota. No hay posibilidad de escape, todo está perdido y todo se tuerce siempre al final. No hay espacio entre las líneas que la ex-Come dibuja, sobre las que gime desesperada, sobre las que nos dice que la esperanza que te quede no evitará un final más que cantado.
Para ello utiliza los elementos que ya ha demostrado dominar en otras ocasiones, ese rock lánguido que nadie mejor que ella sabe cómo transmitir, una voz que ha filtrado litros y litros de bourbon, la sobriedad de sus guitarras y de las percusiones y el indispensable acompañamiento de la viola de David Michael Curry, que es quien va trazando con su quejido el argumento en lo musical, sobre el que se acomodan como pueden los textos de Thalia, sus preguntas sin respuesta – “angels”, “since then”, "Virginia” -, personajes en inevitable soledad – “bone” -, sus innumerables oportunidades perdidas – “bus stop” - o planteamientos que se quiebran, que no salen como esperaban – “brother” -, alcanzando desmesurada intensidad en piezas como “evil hand” o “since then”, o la increible, enorme, brutal tormenta noise que descargan para acabar con “hell is in hello”, que confirma lo dicho hasta ahora, y nos muestra el dramático final.