Texto: David Watts
Fotos: David Watts y Polaris
Viernes 4
El festival empezaba realmente este día. Las 14:30 y con media hora por delante es una carta de presentación muy pobre para un grupo, underground, eso sí, pero sobrado de calidad como Viaje a 800. Imposible para la mayor parte del festival.

La siguiente cita en la agenda eran Truly. Antiguo grupo de serie B del Seattle de la era del grunge por el que siento una cierta simpatía. Mark Pickerel, ex Screaming Trees, y Hiro Yamamoto, ex Soundgarden, acompañan a Robert Roth en una música que bebía más de la psicodelia que de sus conciudadanos. Parecía que salían adelante, pero no. El sonido era malo, aunque cuando dejaban protagonismo a las guitarras se podía aguantar. Por desgracia Ford desafinaba más de lo permitido en un grupo que se supone profesional y con rodaje. Acabaron por despachar al personal. Fuera de la carpa llovía, así que había que coger un chubasquero para lo que nos tocaba ahora.

Uno gusta de colgar la etiqueta de clásicos a Hanoi Rocks. Parece que con el tiempo, esta opinión es unánime. Ellos, como buenos profesionales, salieron a hacer su faena a pesar de la hora (las 5 de la tarde es más una hora taurina que rockera). Quedó claro que si no bailaba todo Mendizabala no sería por culpa de ellos. La degradación física de Andy McCoy (de aspecto similar al que lucía Antonio Vega hace unos años) deja a Michael Monroe en solitario al timón de la nave. Con sus boas de plumas a modo de capote y su saxo como espada, cantó, saltó, hizo el spagat cinco veces, corrió el pasillo de seguridad tres y escaló la estructura de luces. Todo con unas muletas esperándole en un lateral del escenario. ¡Inhumano! Un par de temas de su último y notable “Street Poetry” acompañaron a clásicos como “Malibu Beach Nitemare”, “Mental Beat”, “Motorvatin’”, “Don’t Ever Leave Me” y “Tragedy”. Para poner la puntilla, su versión del “Up Around The Bend” de la Creedence.

Aún estábamos cantando el chup chup churu Fogertiano cuando un grupo casi coetáneo arrancaba en la carpa. Con todos mis respetos para Blue Cheer, admiro lo que hicieron estos tipos en los 60’s. Tanto Vincebus Eruptum como Ousideinside me parecen buenos discos, pero con la carpa llena y desde donde nos pudimos colocar, sonaban trasnochados. Dicho sin ánimo alguno de incordiar. Aún quedaba mucho festival por delante, así que había que coger fuerzas y sitio para el siguiente.

The Sonics se entregaron a un ejercicio de coherencia y madurez, no siempre conveniente. Ya no suenan tan salvajes como antes. Más cerca del soul o de cualquier grupo del llamado merseybeat que del garage que ellos mismos impulsaron. Si no tienen ganas ni energías, ¿por qué no van a hacerlo? Pero claro, siempre hay quien no queda contento. “Trouble” sonó floja, pero “Psycho”, “Cinderella” o “The Witch” estuvieron a la altura, siempre aceptando que ya no son lo que eran.

Danko Jones se empeñó en protagonizar la anécdota del festival declarando, botella en mano, su amor por la horchata. En fin, rollos aparte y sin ser fan, me sorprendió el canadiense. Rock directo y sudoroso, mucho más sucio que en su último disco donde parecía ablandarse. La hora y diez que tenía asignada jugó a su favor. Cuando empezaba a resultar cansina su fórmula y sus números escénicos (¿cuántas veces repitió lo de Dan Cojones?) tuvo que parar. De todas formas ya estábamos preparando el siguiente concierto, que éste sí que era un grande.

El mejor compositor de pop de la historia con el permiso de Brian Wilson: Mr. Ray Davies. Él es Inglaterra. Igual que la reina, el té o las torres de Londres. Con zapatillas deportivas y traje hizo acto de presencia el antiguo líder de los Kinks, empezando la liturgia con “I’m Not Like Everybody Else”. Eso es dar un puñetazo en la mesa. Después fue combinando clásicos de su antiguo grupo con algunos temas del reciente “Working Man’s Cafe”, ayudado por una más que notable banda. No se quedó en la superficie de grandes éxitos y recurrió a canciones menos manidas como “Celulloid Heroes” o “Complicated Life” en medio de “All Day And All Of The Night”, “You Really Got Me”, “Well Respected Man”, “Sunny Afternoon”, etc. Sus nuevos temas, no llegando a ese nivel estratosférico, no desentonaron. Por supuesto sonó “Lola” pese a los avisos del stage manager para que terminase cuanto antes. Se llevó una gran y reconocida ovación. Gracias Ray, vuelve cuando quieras.
Otros hijos de la pérfida Albión actuaban en el escenario grande a continuación. La verdad, no sé qué decir de los Sex Pistols. Nunca fui fan aún reconociéndoles su mérito, así que me tomaba este concierto con calma. Un escenario lleno de imaginería british es lo más punk que había por allí. Amplis adornados con la bandera de Inglaterra, la sudadera de Steve Jones con la palabra England y la batería con Union Jacks igual que el pantalón de Glen Matlock. Bueno, eso y el mandilón de Johnny Rotten, que es el único empeñado en recordarnos de dónde vienen. “Permanent Vacant” sonó para empezar y dejó claro que aquello no se iba a parecer en nada a lo que sonaba en su clásico Never Mind The Bollocks. Las guitarras más metaleras que punk nos recordaban el camino que siguió Jones en años posteriores. Rotten declamaba sus textos en el borde del escenario con cara de malas pulgas y una pequeña oscilación de cuerpo y brazos como único leve movimiento. Vale, no suenan mal, aunque no suenan como sonaban. Pero alargar las canciones hasta 7 minutos, no parece de recibo. Los fans de las primeras filas lo disfrutaron. Algunos aguantaron para decir que habían visto a los Pistols. No soy un coleccionista de estampitas y Blind Melon tocaban a continuación en el escenario pequeño.

Con grandes dudas se enfrentaba la mayoría de los presentes al concierto de los americanos. Casi todos habíamos vivido en presente el nacimiento, auge y caída del gran Shannon Hoon. Iba a ser muy duro ver a otro tipo usurpándole el puesto, pero la curiosidad y un buen puñado de canciones sobresalientes eran suficientes para aguantar con ganas. La espera se prolongó más de lo deseado por el retraso acumulado por Ray Davies y unos Pistols que se negaban a abandonar el otro escenario. En las pantallas el rostro de Rotten era víctima de epítetos y adjetivos que inevitablemente siempre remataban con la palabra punkie. Desde que se apagaron las luces en el otro escenario no pasaron ni 5 segundos hasta que empezó a sonar grabada la intro del Soup. La banda tomó las tablas y dejaron sonar el ya mítico riff de “2x4”. Vale, podía pasar. “I Wonder”. La cosa se encamina. “Soup”. Shannon Hoon está definitivamente aquí, entre nosotros. Hay una película en la que interviene Nicole Kidman llamada Birth donde cree ver a la reencarnación de su marido en un niño. Me imagino que la sensación del resto de la banda al conocer a Travis sería algo así. Las primeras filas eran un hervidero. Atrás, parece ser, no tanto. Como una cabaña en medio de la nieve, si miras desde fuera a la chimenea, el fuego no es para tanto, pero dentro calienta. La prueba de fuego era sus nuevas canciones. “For My Friends”, “Down In The Infirmary” y “Hypnotize” pasaron con nota en representación de sus compañeras. Esta última se convirtió en la imagen del concierto con Warren cantando envuelto en una toalla. No es lo mismo, no significan lo mismo, pero son canciones casi redondas. Desde luego, no fue igual que con los viejos temas. “Change”, dedicada al que faltaba, alcanzó el punto álgido. “Mouthful of Cavities”, “Time”, “No Rain”, “Galaxie”… Esas canciones no merecían estar guardadas en un armario. Esa banda no merecía arrastrarse por escenarios miserables con proyectos minoritarios. Sonaron como debe sonar una banda, sabían lo que se jugaban y ganaron. Después de su versión del “The Pusher” de Steppenwolf se fueron. El público a sus pies. No se lo creen y tienen que tocar “Walk”, fuera de programa, antes de irse. Al día siguiente, el propio Travis lo confirma en su blog: el mejor concierto de su vida. Será difícil de repetir, pero deberían intentarlo.
Problemas gástricos derivados de la digestión de alguna de la comida combinados con unos baños no aptos, nos hicieron tener que retirarnos antes de la actuación de Quireboys. Lástima. Tenía ganas de una buena ración de rock alcohólico y esa línea Faces-Stones de la que gustan Spike y los suyos. Lo que gano es que el recuerdo del concierto de Blind Melon se guarde sin interferencias. Parece ser que arrasaron, copa de vino en mano, por supuesto. No me esperaba menos de ellos.
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