El cartel del sábado era en conjunto el más apetecible con diferencia de los tres días. Lo malo es que las coincidencias de horarios eran inevitables y me dio pena perderme muchas cosas, como por ejemplo la mayoría del escenario franchute.
Empezamos tempranito y a las 16:00 estábamos como clavos para ver a Nadadora, la única representación galaica del Primavera Sound. Los pobres sufrían de lo lindo en el escenario por culpa del astro rey, pero aguantaron como titanes. Había muy poca gente viéndolos - de todas formas, mucha más que la media de ese escenario a esas horas - pero los que fuimos disfrutamos de su ya clásica contundencia a la hora de llevar al directo el pop sensible de sus grabaciones. Presentaban su reciente puesta de largo Todo el frío del mundo, pero sus momentos cumbre siguen siendo “La tarde gira”, preciosa, y “12:01” de su e.p. anterior.
Tres o cuatro personas quedaban viendo a Guillamino cuando entramos en el Auditori para ver a The Czars. Los últimos ruiditos de sus predecesores, Text of Light, aún flotaban en el ambiente. Un tío sospechosamente parecido a Lee Ranaldo estaba sobre el escenario. Nada más desenchufar sus máquinas una legión se fans se abalanzó sobre este hombre canoso. No había duda, era él. No tenía ni idea de que iba a tocar con este grupo además de con sus Sonic Youth.
Una vez conseguida una espléndida segunda fila comenzaron los zares con algún que otro problemilla de sonido. Una vez subsanado demostraron su buen hacer. Canciones riquísimas en matices de pop con ascendencia americana y símpatía fue lo que ofrecieron a los prensentes. Entrañables.
En el camino hacia la actuación de Christina Rosenvinge (por desgracia tuve que descartar a Don Nino) me dio tiempo a presenciar un par de canciones de (Lo:Muêso). Divertidos y bastante macarras. Pero vamos a por la rubia. Tardó en centrarse, dando palos de ciego con sus temas nuevos – ahora tiro hacia Tom Waits, ahora a por ¡Stereolab!, luego me creo PJ, etc. -, pero no sonó mal en ningún momento. De todas formas mejoró con sus temas más conocidos. No, no estoy hablando de “Hago chas”. Mientras su compañero en Sonic Youth, Steve Shelley, se batía el cobre allá en lo alto, delante mía estaba bien atento Lee Ranaldo, a quien no me cansaría de ver en toda la noche - luego tomándose una copichuela con la Rosenvinge (¡Atento Loriga!) durante el concierto de Francoiz Breut – y con quien me saqué una foto en plan fans (no, esa no la veréis).
Después me desplazo al escenario marsellesa, donde veo a Bertrand Betsch y a Francoiz Breut. El primero se pasó cabreado con algún responsable del sonido medio concierto, en el que eché de menos más temas de su primer álbum, notablemente superior al segundo, pero su voz sigue intacta después de los problemas que ha tenido en los últimos años y emociona como el primer día. De todas formas fue mi “hora bocata”. Por otro lado no pude prestar demasiada atención a la Breut durante la mayor parte del tiempo que estuvo en escena, aunque lo que oía de fondo me gustaba.
Sólo me dio tiempo a ver un par de temas de Dogs Die in Hot Cars, entretenidos, antes de acercarme a ver a Steve Earle & The Dukes. Imagino que para los entendidos en la materia no sería ninguna sorpresa el tremendo conciertazo que dio este hombre, pero a mi me dejó los ojos como platos. Impresionante y adictivo. Con él comenzaba una racha de actuaciones memorables, las que conviertieron al PS2005 en un éxito absoluto.
Tras el viejo rockero uno de los conciertos más esperados del festival. El nuevo disco tras el parón de The Wedding Present está cosechando un desmesurado éxito de crítica y la expectación se había disparado. Yo no creo que sea para tanto. De todas formas me alegro de haber obviado a unos tales Futureheads de los que me había negado a escuchar nada vistas las referencias, y al gran Dominique A – no hace mucho que estuvo por aquí – para quedarme en compañía de David Gedge. The Wedding Present estuvieron brillantes de principio a fin, temazo tras temazo (no me preguntéis títulos que tampoco los controlo lo suficiente) en el repaso de su discografía - alguna de Cinerama también cayó-, desde sus primeros discos hasta la actualidad. Su buen hacer fue recompensado por un público que quería más.
Lástima para ellos que algo grande estaba a punto de pasar, como cada vez que Sonic Youth tocan en cualquier lugar del mundo, incluido su local de ensayo, imagino. ¿Por donde saldrían esta vez los neoyorquinos?¿Ruido inconexo o sesión de hits? Pues ni una cosa ni la otra. La ceremonia noise de los (no tan) jóvenes sónicos fue un concierto de canciones. Nada de distorsiones interminables, pero tampoco fue un grandes éxitos. Apenas “Mote”, "Catholic block" y “Teen age riot” – ésta en el bis – pudieron hacer las delicias de los nostálgicos. Estuvieron tremendos, como siempre, y menos circenses de lo que les había visto en actuaciones recientes, pero no faltaron sus clásicas espirales de ruido, las violaciones guitarriles de Thurston, la rabia que escupe Kim por su boca – en un tema a la trompeta –, la urgencia de las guitarras de Lee y Jim, junto con la contundencia rítmica de la batería de Steve. ¿Tendrán pensado algún día reducir una marcha?
La siguiente hora tal vez fuese la de más difícil elección. Mis ganas de ver por fin a The Married Monk, unos de mis franceses preferidos, se peleaban con las ganas de bailar a Out Hud. Pero quienes se llevaron el gato al agua fueron los They Might Be Giants en su primera visita a nuestro país. Acierto absoluto. Estos excentricos pirados dieron el concierto del festival y se convirtieron en los grandes triunfadores, más que nada por inesperados. Menos mal que hicieron caso omiso de algún hijo de la Gran Bretaña (siempre armándola) que lanzó un par de cervezas al escenario justo cuando salieron. Se ve que tenían ganas de divertirnos y así lo hicieron. Sin borrar la sonrisa de mi cara ni un segundo y sin parar de botar ni tres, fueron desgranando sus temas más festivaleros junto con algún otro de sus clásicos (impagable ese “Bohemian Rapsody” del indie-rock que es “Fingertips"). Se mostraron enormes hicieran lo que hicieran, bien sea recitando países en orden alfabético, cantando en un desfile de robots, incitándonos a la borrachera o recuperando el tema de cierta serie televisiva.
Una vez sustituida la cerveza por coca-cola para vencer el creciente sueño, y viendo que aún quedaban unos minutos para el comienzo de Gang of Four, me paso por la carpa Nasti a ver de qué van Polysics, de los que me habían hablado muy bien, siendo definidos como unos Devo japoneses. Tanto me gustaron estos hijos del sol naciente que me quedé a ver todo el concierto. No paramos de bailar con estos majaras. Otro acierto.
Los de la carpa llevaban unos minutos de retraso, pero aún nos dio tiempo a ver gran parte de Gang of Four. Sonaron oscuros, en pocos momentos bailables, muy sucios y tensos y bastante bestias (recurrieron al viejo truco de destrozar instrumentos, algo que pensé que estaba en desuso con lo cara que está la vida). Para mi otra sorpresa, la enésima, puesto que no me fío demasiado de los grupos rearrejuntados.
La noche entraba en su recta final, en la que nos esperaban los jóvenes creadores de uno de los discos de la temporda, nada más y nada menos que The Go! Team. El collage sonoro de su Thunder, lightning, strike adquirió un tono más orgánico, con más guitarreo y menos sampler. El resultado final me gustó aunque no me convenció del todo, pero es innegable su capacidad para movilizar al personal, aunque la inquieta vocalista se me antojaba bastante pesadita en su faceta de “entertainer” operaciontriunfesca. Con tanta palma y tanto “say go team, go team...” me hacía sentir un poco ridículo, como en un festival del colegio a los 27 años.
Para el último concierto de la noche los pies merecían un descanso después de tanto dancing. La mejor opción era, por tanto, ir a ver a M83 bien sentadito en la grada. Se notaba que la gente ya no tenía tantas opciones como en horas más tempranas (solo quedaban dos escenarios activos) y no sabía donde cobijarse. Por ello y sorprendentemente, el escenario donde actuaban estos franceses estaba a tope de gente. Nos costó bastante encontrar sitio para sentarnos, pero una vez acomodado pude apreciar como el pastiche de sintetizadores que en sus discos da el pego a ratos, se convertía en otro pastiche, más guitarrero pero todavía más insulso. Ni siquiera los mejores temas sobre el papel resistieron el directo.
Como triste despedida nos largamos a gastar la poca suela que nos quedaba con Erlend Oye, mitad de Kings of Convenience, esta vez ejerciendo de dj bastante manazas. A una selección de lo más bizarra (lo de Human League pase, pero ¡glups!...Dire Straits) se unía su incompetencia a los platos y su preocupación por ponerse a dar saltos delante de la mesa antes que mezclar dos puñeteras canciones como dios manda (se le acababa la canción y ni se enteraba). Aguantamos porque no había donde meterse y no nos queríamos ir a casa.
A las 6:00 la organización nos mandaba para casa con ganas de más. Sólo tuve el tiempo justo de comerme el último bocata de lomo del festival (cerraron el chiringo detrás mía) que me sirvió de desayuno para afrontar la vuelta a casa de reenganche mientras amanecía. Fue una odisea llegar al aeropuerto, pero ese es otro tema.